Antonio Gramsci (algo fuera de lo normal)


El pasado viernes he abierto la presentación de mi libro con la lectura del siguiente artículo de Antonio Gramsci que lleva el título de “Odio a los indiferentes” (1917).

La traducción es mía y faltan unos cuantos párrafos centrales, pero lo que publico aquí es suficiente para entender el tono y, sobre todo, el mensaje del político italiano. El original se encuentra en el libro “Odio gli indifferenti”, Antonio Gramsci, Chiarelettere, Milano 2011.

Lo publico porque varios alumnos me lo han pedido y, además, es un ejemplo de escritura no creativa pero de alto nivel. Si todos pudiésemos expresar con esta fuerza y con esta lucidez nuestro pensamiento…

“Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir ser partisano. No pueden existir los que son sólo hombres, los que se quedan a los márgenes de la ciudad. Los que viven de verdad no pueden no ser ciudadanos, y ser partisanos. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. Es la bala de plomo para el que quiere innovar, es la materia inerte en la que se ahogan a menudo los entusiasmos más espléndidos, es el pantano que rodea la vieja ciudad y la defiende mejor que una muralla, mejor que los pechos de los guerreros, porque engulle en sus remolinos fangosos a los atacantes, y los mata y los asusta y a veces impide que sigan adelante con su acción heroica.

La indiferencia actúa con fuerza en la historia. Actúa pasivamente, pero actúa. Es la fatalidad; es todo lo informal; es lo que echa patas arriba todos los programas, los mejores planes; es la materia que se rebela a la inteligencia y la ahoga. Lo que pasa, el mal que recae sobre todos, el posible bien que una acción heroica puede generar no se debe a la iniciativas de los pocos que actúan, sino a la indiferencia de muchos. Lo que pasa, pasa porque la masa de los hombres renuncia a su voluntad, deja que otros trabajen, deja que se formen nudos que luego sólo la espada podrá cortar, deja promover leyes que luego sólo las revueltas podrán cambiar, deja el poder a hombres que luego sólo una sublevación podrá quitar.

Odio a los indiferentes también por su lloriqueo de eternos inocentes. Les pregunto a cada uno de ellos cómo ha hecho el trabajo que la vida le ha dado, sobre lo que ha hecho y, aún más, sobre todo lo que no ha hecho. Y siento que puedo ser inexorable, que puedo no derrochar mi piedad, que no debo compartir con ellos mis lágrimas. Soy un partisano, vivo, siento en las conciencias de mi parte latir la actividad de la ciudad futura que está construyendo. Y en ella el peso de la cadena social no recae sobre pocos, en ella cada cosa que pasa no se debe a la casualidad, a la fatalidad, sino que es inteligente obra de los ciudadanos. En ella no hay nadie quieto, parado en la ventana mirando mientras pocos se sacrifican, mientras esos pocos mueren en el sacrificio.

Vivo, soy partisano. Por esto odio a los que no toman partido, odio a los indiferentes.”

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