La trampa del déjà vu


En estos días me siento muy inquieto. Más de lo normal. No es de extrañar: cualquiera que haya vivido un déjà vu podrá entender la inquietud de la que hablo. Te parece que estás volviendo a vivir algo, una escena muy concreta de tu pasado, y no puedes hacer nada. Estás en la cocina, coges un vaso de agua, tu novia te llama desde otra habitación… Todo transcurre exactamente igual, incluso las palabras que pronuncia. Piensas: “Si no me bebo ese vaso de agua, esta alucinación parará y demostraré que sigo controlando el tiempo y el espacio”. Pero no puedes. Tragas el agua. El fenómeno dura unos segundos que se hacen larguísimos y solo deseas que todo vuelva rápidamente a la normalidad, que es mucho mejor que volver a vivir el pasado, un momento cualquiera de tu pasado, sin poder hacer nada, sin saber por qué. Temes por un momento que tu vida sea algo falso, una película ya vivida por otro, un acto de imaginación de algo o alguien superior a ti. Y cuando descubres el truco que hay detrás, sientes angustia e incomodidad: no puedes hacer nada.

Esto es exactamente el estado en el que vivo desde hace unos años, con crisis que últimamente se están haciendo más frecuentes e intensas. La última crisis la tuve hace pocos días, cuando fui a una manifestación en Francisco Silvela, frente al hospital de La Princesa. Por medio de Internet, una amiga médico me avisó de que habían convocado concentraciones para evitar la privatización del hospital. Voy sin pensármelo mucho. Ha sido el efecto “última gota” o quizás justo en ese momento empezó otro déjà vu. Vuelvo a vivir de nuevo algo que ya ha pasado en Italia.

(Es importante aquí interrumpir un momento mi discurso y decir que uso de forma diferente palabras como “crisis”, “recesión”, “democracia”, “derechos”, etc., sin preocuparme de las unidades de medida que aplican a dicho vocabulario los arquitectos de la economía. Dicho con otras palabras, si vivo en un país en el que no hay trabajo y baja la calidad de vida general, por mucho que me digan que tiene una industria boyante yo no me creo una mierda).

A lo largo de estos últimos dieciocho años, más o menos la era Berlusconi, he vivido en Italia los siguientes fenómenos (en sus comienzos o en su compleción): desmantelamiento y venta de todo lo público (la educación, la sanidad, el transporte, la limpieza, la televisión, los bienes culturales entendidos en su totalidad, desde los restos arqueológicos hasta las ayudas de todo tipo a la creatividad contemporánea, etc.); reducción drástica, en clave neoliberal y reaccionaria, de los derechos de los trabajadores; crecimiento desmesurado de la presión fiscal sobre los ciudadanos y los emprendedores; incremento general y desproporcionado del llamado “coste de la vida”; aumento alarmante de la infiltración de las mafias en las estructuras del Estado y crecimiento exponencial de la corrupción política; pérdida efectiva de libertad de prensa, con redacciones controladas directa o indirectamente por injerencias de vario tipo y con el siempre útil y presente instrumento del chantaje económico (reducciones de plantillas, precarización de la profesión del periodista, quiebras, etc. y esto en un país en el que todavía existen ayudas públicas a la prensa y en el que todavía tiene vigencia el fascista “orden de los periodistas”); aumento dramático de la emigración hacia países extranjeros de ciudadanos entre los 20 y los 40 años (dicho de otra manera, Italia ha vomitado sus mejores recursos); políticas de recortes salvajes e inútiles.

¿Hace falta que diga algo más? Aquí veo que pasa lo mismo, y a una velocidad escalofriante. Todo ese pasado lo estoy volviendo a vivir (desde los primeros anuncios de “crisis” en 2008 hasta la estúpida y peligrosa pesadilla de la actualidad), y además con efecto eco: Grecia, Portugal, Irlanda, dentro de nada Francia… Y siempre con la misma modalidad, con las mismas frases, el mismo guión: los gobiernos de izquierdas empiezan el trabajo sucio, pierden automáticamente su credibilidad, ya nadie los vota, se rompe el tejido electoral y social de su base, con la consecuente fragmentación de los partidos y de sus representantes; sube la derecha y con el mismo vocabulario aquí y allá transforma un país en una mercancía, en un bazar del “todo a cien”, vendiendo al mejor postor y escondidos tras la peor mentira que nos han enjaretado en estos años: Europa. En cada país, por supuesto, con sus matices, sus diferencias y sus particulares idiosincrasias. Pero en todos se vacía de la misma manera el sentido profundo de la palabra “democracia”.

En España me preocupa mucho la rapidez de todo este proceso. Veo cómo lo que en Italia hemos interiorizado y soportado a lo largo de muchos años, teniendo el tiempo de reaccionar de una manera o de otra, con chapuzas sociales y culturales de vario tipo, insustanciales e inefectivas, aquí se está realizando a un paso demoledor. En Italia nos hemos ido acostumbrando poco a poco a la pobreza, a la falta de solidaridad, al derrumbe colectivo. Aquí, de un día para otro se ha venido abajo todo lo bueno que había, la gente ha perdido sus casas, las cifras del paro han alcanzado en tan solo cuatro años cuotas nunca vistas antes, golpeando a todas las clases sociales y a todos los sectores profesionales, los cubos de la basura de los supermercados son los nuevos restaurantes del Milenio y el malestar social ya se puede tocar con la mano en cada esquina y en cada conversación.

Todo acompañado de una total incapacidad del presente gobierno para manipular dignamente la información (eso sí que bajo el régimen de Berlusconi se hacía a la perfección): el consumo disminuye debido a la falta de recursos económicos, y enseguida aumentan el IVA y el IRPF; anuncian el incremento de los parados en chorrocientas mil personas y acto seguido halagan las medidas tomadas en el Congreso para facilitar aún más los despidos también en la administración pública; cada día alguien se suicida por el tema de los desahucios y con mucho retraso anuncian que van a hacer algo para los casos más “difíciles” (lo que significa, como siempre, que se seguirá implantando una política de la limosna dañina, irreal e irrespetuosa que no solucionará desde la raíz el problema encarándose con los bancos); Iberia anuncia 4.500 despidos y poco después la ministra de trabajo pide a la empresa que aplique “con sensibilidad” su reforma laboral (reconociendo implicitamente la dureza insensible de la misma); critican el famoso (y demagógico, todo sea dicho) “Plan E” y al día siguiente aprueban las ayudas para las compras de coches (el Plan Pive, igual de demagógico y parcial); el PSOE pierde todas las últimas elecciones de forma humillante y Rubalcaba se agarra a su asiento como un ave rapaz delante de un batallón de periodistas que le preguntan una y otra vez si por fin van a convocar unas primarias; y la lista podría continuar hasta el infinito.

Entonces, en todo este desbarajuste, ¿qué rayos tiene que ver este blog y el título del artículo? Pues tiene que ver con que estoy harto. Estoy harto (como en la película Un mundo implacable de Sidney Lumet) de ver como nuestros países se van a pique, estoy harto de ver cómo nos toman el pelo cada vez más abiertamente, de escuchar mentiras cómo la de los recortes, de ver como nos tratan desde el resto de Europa y de EEUU (y de cómo nos informan detalladamente de sus campañas electorales, sin dejar que les votemos desde aquí; si hay que jugar al Imperio contraataca, por lo menos que sea con todas las cartas sobre la mesa).

Hasta ahora hemos hablado de los aspectos técnicos de la creatividad literaria. Pero ha llegado el momento para mí de tocar este otro tema fundamental: el escritor, el artista, el intelectual no es una pieza desgajada del contexto.

El escritor no puede sentarse a escribir, en el silencio y en la soledad de su habitación, fingiendo que allí fuera no pasa nada. Creo que el escritor debe considerarse a sí mismo un ciudadano más. Un ciudadano posiblemente incómodo, con más capacidad de análisis y de visión, al servicio por tanto de los demás. Sin perder la razón, sin perder su identidad y su capacidad para emocionarnos, tiene que seguir buscando ese aislamiento para crear sus obras, sus historias, sus versos, para plasmar con la palabra (que es de todos) la épica del hoy.

Hablo del escritor como persona en la dimensión del hoy. Sus obras pueden ir hacia dónde él quiera, pueden ser lo que él quiera (la libertad creativa antes que nada), es más, no creo en el arte como manifiesto y proclama (y esto lo he defendido siempre, también en público).

De lo que hablo es del mismo escritor, del intelectual, del artista. De su presencia moral y física en la plaza, de su lucha por seguir adelante con su trabajo pero también por el bien de todo lo que le rodea.

Porque esta época en la que vivimos, como en la de Giordano Bruno y Galileo Galilei, como en la época de Luis XVI, como en las primeras luchas por los derechos de los trabajadores, como en la resistencia a las dictaduras del siglo XX, tenemos que volver a descubrir qué es lo que queremos de verdad, qué fundamentos queremos para el futuro, para el mundo de después de esta crisis (que es mucho más que una simple crisis económica).

Y para hacer todo esto, los intelectuales no pueden parar de pensar, y el pensamiento, la reflexión, el nuevo proyecto político y social (que necesitamos y mucho un proyecto revolucionario y cultural no violento que dé sentido, coherencia y continuidad a los movimientos sociales) no puede prescindir de una redefinición compleja de la idea de humanidad que queremos.

Si nos limitamos a preocuparnos solo por el “puesto de trabajo” nos esperará el mismo fin de los sindicatos. Al no impedir la fragmentación de las tipologías de contratos, han hecho perder a los trabajadores su identidad como tales y, sobre todo, su capacidad de lucha compacta y unida. Hemos vuelto a antes de Marx.

Volveremos al déjà vu, no nos libraremos nunca de lo que ahora nos encadena, en esta fase histórica en la que se puede luchar solo con más cultura (saber leer, saber pensar, ser íntimamente independientes, críticos y abiertos), con una visión más amplia, menos arraigada a lo urgente. Hay que apoyar las necesidades del ahora sin olvidar que estamos luchando para que esas mismas necesidades desaparezcan. Y esto, cuidado, nos toca a todos: ricos y pobres, “pijos” y “perroflautas”, empresarios y trabajadores. La enfermedad de esta era no histórica (como diría Pasolini) nos afecta a todos.

Hay que romper ese círculo en el que han conseguido atraparnos. Salgamos del aislamiento. Hablemos sin miedo y sin pedir permiso. De otra manera, nos espera una rendición dolorosa y definitiva a la religión del sálvese quién pueda (que, por cierto, hemos perseguido en estos últimos treinta años). Pero así, a mi manera de ver, no hay nadie que se salve de verdad.

Como he dicho al principio, para mí todo esto es un déjà vu.

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Un pensamiento en “La trampa del déjà vu

  1. Ufff… la crisis, la maldita crisis, esa maldita invención del gobierno para tenernos a todos “agarrados por el cuello” (porque, aunque las cosas economica y socialmente no dejo de pensar que para los políticos y demás altos cargos esto es un “a río revuelto, ganancia de pescadores”.
    Yo también estoy harta: por eso, no dejo de ir a las manifestaciones, de hacer las huelgas que haya que hacer y de quejarme por todo lo que no me gusta. Trabajo en un organismo público y sé bien lo que están cambiando las cosas y lo que quieren cambiar. Y en el trabajo, tenemos una tras otra.
    Supongo que en Italia, Grecia y Portugal fue más o menos igual. En España está ocurriendo de forma más vertiginosa porque han aprendido de los países vecinos. Y además, toman las directrices de Alemania tiempo atrás (me refiero a la época de los nazis), cuanto más deprisa se hagan las cosas (y si es a horarios no laborables y casi intempestivos, mejor) se supone que el ciudadano se da menos cuenta de lo que nos quieren meter por los ojos y ellos tienen más facilidad para actuar.
    Pero hay estamos nosotros, para bien o para mal, formados con cierta cultura (esta gente tiene aberración a la cultura porque siempre que haya alguien bien pensante se les puede caer el chiringuito). Estamos para manifestarnos, para escribir, para denunciar, para gritar, para apoyar a los más necesitados, para ir contra el gobierno y todo lo que nos parezca injusto, etc.
    Por otro lado, deja el blog, no lo borres, Valerio. Aunque las entradas no sean a diario, aunque haya pocos lectores o escritores por aqui.
    Nosotros hicimos un blog, no sé si te pasé la dirección, pero ahora te la copio por si acaso no la tienes. Vamos poniendo nuestras cosillas, tampoco entramos todos los días, pero nuestras pequeñas creacciones están por ahí. Es un modo de tener un ratito para ti mismo y de hacer algo bonito dentro de la situación que nos está tocando vivir.

    Te mando un abrazo y sobre todo, mucho, mucho ánimo. Acuerdate que somos tus amigos, y que si en algo te podemos ayudar, estamos a un toque de teléfono. Un beso. Isabel.

    http://guaridaoculta.blogspot.com.es/

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