Sobre piratería de libros


Bandera_pirataEl 27 de diciembre Arturo Pérez Reverte publicó un artículo titulado “Ese fulano (quizás usted) me roba”, en el que analizaba el problema de la piratería de libros y atacaba, con su vehemencia a la que ya nos hemos acostumbrado, a gobiernos y a piratas por igual.

Estoy de acuerdo con todo o casi lo que dice. Solo me gustaría añadir unas ideas.

Antes que nada, os recuerdo que soy escritor y mis primeras dos novelas se han publicado en formato digital. Bueno, una tiene que salir todavía, en mayo… Y ¡Matadme! está en un montón de páginas de pirateo (algunas se han cerrado).

Lo que más me molesta es que de esta manera no podemos saber, ni yo ni el editor, a cuánta gente ha llegado mi libro y, cosa que me parece aún más grave, de todo ese negocio del pirateo no recibo nada en el plano cultural: ningún comentario, ninguna respuesta, nadie que recomiende mi libro generando debate…

Es decir: si la práctica de robar mi libro y distribuirlo gratis por ahí tuviese por lo menos la ventaja de difundir mi nombre y, sobre todo, mi obra, quizás lo aceptaría, o por lo menos me parecería algo digno y razonable. La libertad debería de funcionar en un doble sentido: yo lector de libros pirateados te recomiendo por ahí, y luego los demás que decidan si quieren robarte o comprar tu libro.

Es más: yo pirata podría fomentar plataformas de ayuda al autor (sobre todo a los nuevos), una especie de crowdfunding si queremos darle un nombre, y los lectores que acceden a mi plataforma de pirateo pueden donarte algo para reconocer tu trabajo (les guste o no tu novela). Claro está que esto no solucionaría todo el problema, ya que el editor seguiría sufriendo las consecuencias del robo.

La cultura tiene que ser de acceso libre y universal, estamos de acuerdo, pero libre no significa gratis. El agua es de acceso libre, pero pagamos una factura por tenerla en casa, para que la empresa pueda gestionar las depuradoras, las tuberías, pagar los sueldos de los trabajadores, etc.

Lo mismo vale para los productos culturales. Yo autor te doy el agua, luego el editor o distribuidor se encarga de empaquetarla y distribuirla. Si no gasto en cultura, el embalse se seca.

Como escritor y, quizás, intelectual, creo que tenemos el deber de escuchar a los piratas y a los que acceden a sus “servicios”, no podemos permitirnos el lujo de encerrarnos en una jaula dorada por encima de todo y de todos. Forman parte de nuestra realidad, y la realidad es algo que cambia constantemente.

Porque nosotros también, los intelectuales, a veces somos pillines y criticamos al ministro de turno y al gobierno, diciendo que meten las narices donde no deben (y es verdad), pero luego nos quejamos de que dicho ministro no vaya a los Goya (cosa que me parece vergonzosa y al mismo tiempo una liberación que hay que aprovechar) o lloramos porque el gobierno no protege a los artistas. 

No siempre somos coherentes. A menudo vamos de modernos, profetizando con aires de vanguardia el apocalipsis y el renacimiento de una supuesta “nueva cultura”, pero luego no salimos del mismo huerto de siempre, de la misma manera de siempre de entender el marketing cultural.

¡Tampoco somos infalibles!

Dicho todo esto, volvamos a lo de la escritura. Este es un campo que está sufriendo muchísimo las consecuencias de la crisis y del pirateo. La música se está librando gracias a plataformas como Spotify. El pirateo ya no es un problema como hace pocos años.

El cine también, entre las entradas a 10€, los recortes y el pirateo, está sufriendo mucho, pero le queda el DVD (agonizante) y las nuevas distribuidoras online que, dentro de poco, se asentarán y garantizarán un acceso más fácil y económico a las películas.

La literatura es como siempre la hermana pobre de los demás. Y la literatura en digital no os lo cuento (estos no llegan a las bibliotecas, por ejemplo, y son carne de robo informático). Se piratea de todo, las editoriales no apuestan casi nada en el plano económico a favor del autor (por razones de mercado, de crisis y de oportunismo) y no existen plataformas que puedan sustituir de manera provechosa el tradicional proceso de compra de libros (quizás 24Symbols, pero me da la impresión de que ese interesante proyecto se ha quedado en agua de borrajas).

¿Es todo esto democrático? ¿Tiene todo esto algún sentido? ¿Quién gana en este juego? Porque eso sí, puedes estar seguro de que alguien está ganando pasta en todo este asunto.

Entonces, y cierro, más allá de las interesantes, compartibles y ya previsibles invectivas de Pérez-Reverte (repito, comparto casi todas las ideas que él expresa en su artículo), tenemos que intentar ir más allá, dejar de hacernos la guerra y dialogar.

Eso es: me gustaría que se abriera un diálogo maduro entre artistas, editores (en el sentido más amplio de la palabra), piratas y lectores, porque eso es lo que se hace en una democracia supuestamente moderna y avanzada, ¿no?

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