El supermercado – 2


Supermercado_Princesa,_nº_519_-_interior… La señora del carrito me vio, me dejó entre las botellas de vino y se fue. Vaya decepción. Sin embargo, ahí no se estaba tan mal. Aprendí mucho sobre crianzas y sobre la conspiración del tanino. Tengo que reconocer que los vinos son gente muy simpática y acogedora, son como los artistas de hace mucho tiempo, sinceros, directos, de los que hablan pan al pan y vino al vino. Estuve ahí disfrazado de Tetra Brik una temporada, empecé a contar historias y vi que no se me daba muy mal, los de las botellas se reían conmigo. Fue una buena época. Pero no había forma de que me escogieran, al final siempre se llevaban a ese tal Don Simón.

Desgraciadamente hubo reformas y me cambiaron a la zona de pescados. Me quedé ahí una semana haciendo de salmón, pero no se me daba bien y tenía un color tan triste que me quedé entero hasta el final. Tuve la suerte de poder escaparme por la noche y mezclarme entre los productos de higiene. Ya te puedes imaginas cómo me fue, ahí oliendo a pescado entre todos esos relamidos que saben a espuma de mar y flores de azahar.

Así que aquí estoy: he aprendido a hacer de todo, he vivido y sobrevivido, me han amenazado de muerte y me han acogido como a un hermano, he ayudado a un huevo de chocolate a parir un regalo, he visto cómo mis amigas las perecederas acababan en el vertedero, estuve en la guerra de los precios… Y aquí sigo.

No soy clasificable, eso me han dado a entender. La gente busca productos claros, busca marcas, firmas, cosas sin ambigüedad, sin demasiadas complicaciones. Si eres lenteja, que sigas trabajando de lenteja. Si eres pavo, no te metas con los bueyes, aunque sepas mezclarte entre ellos y confundir a la chica de la carnicería.

Ahora que han declarado una amnistía temporal, puedo por lo menos ir de un estante a otro y buscarme la vida. Salgo muy barato y aunque no tenga etiqueta, dentro tengo muchas cosas buenas.

No sé si es leyenda o qué, pero me llegó un soplo de los rollos de papel de cocina, dicen que hay otros por ahí con un problema parecido al mío. Si es verdad y nos unimos, a lo mejor conseguimos que la directora del supermercado nos meta a todos en un pasillo aparte, así por fin la gente nos verá y quizás sienta algo de curiosidad por nosotros.

Menos mal que tengo mis ardides mientras espero: cada tanto cambio mi fecha de caducidad. Seguir adelante en este supermercado no es tarea fácil ni labor agradecida, hay que reconocerlo. Pero tengo que aguantar y aguantar y aguantar. Hasta que alguien decida sacarme de mi clandestinidad o echarme a la calle. O hasta que me harte y monte un pollo (nunca mejor dicho).

©ValerioCruciani

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