Smarrrrrt phone – 2


monstruo-movil… -Eh, tú, psss, ¿me oyes? Claro que tienes que comentarlo, venga. Tú y todos los demás. Pon lo siguiente: “El músico deja de tocar y la gente protesta”.

Pero no es exactamente así, no ha dejado de tocar. Pero… ¿Qué es esa vocecita? ¿Y por qué también mi pantalla se ha encendido? Ay, Dios mío, que viene la acomodadora…

-Señora, deje ya de hacer ruido, y usted también, y usted… Si no apagan ya sus smarrrrrt phones tendré que llamar al director.

Pero tú mira que espectáculo tan triste están ofreciendo la gente del público del fondo y de los palcos… Todo el mundo susurrando y levantándose, el cielo del teatro iluminado por una, dos, veinte, cien pantallas. Ahora también esa señora de la primera fila, no me lo puedo creer. Y yo que he venido desde La Habana para tocar aquí. Es verdad lo que dicen, que ya no tiene sentido tocar en directo. Nadie me está haciendo caso. Míralos. A ver, voy a tocar una nana, luego un estribillo de Pablo Alborán y finalmente el tema de Los Pitufos. Si nadie protesta, es que esto es el fin del mundo.

-Eh, tú, Pancho… Pancho, sí, te digo a ti… ¿Qué haces todavía sentado al piano? Es que llevas una hora sin mirarme… Pancho, ¡Panchooooo! Que soy tu smarrrrrt phone, no me hagas esto, venga… Hay mensajes de la mayor importancia que te esperan en el Instagram, te lo digo en serio: tu amigo Bernardo acaba de salir de la peluquería. Allá tú.

No jodas, hermano… Se me ha olvidado apagar mi móvil. Justo en medio de esta improvisación sobre un tema de… ¿De quién era? ¿Qué estaba tocando? Ufff, no me lo puedo creer. Pues, oye, nadie protesta y en el teatro ya solo quedan cuatro gatos que miran al móvil sin siquiera levantarse. ¿Sabes qué?

El pianista se levantó de repente de su piano y, antes de salir del escenario, se fijó en el espectáculo que se estaba produciendo ante sus ojos, entre las butacas: la improvisación masiva y más auténtica que hubiese visto en su vida. Todo el mundo iba hacia la salida mirando las pantallas de sus smarrrrt phones, cautivados por la absoluta belleza de los spam recibidos, de las fotos de gatitos y perritos, intrigados por los chistes enviados a sus Whatsapp. Una vida entera entregada a la comunicación, a la amistad, al amor. Vidas enriquecidas por el reciclaje de la nada. Algo que supera cualquier teoría y cualquier experimento vanguardista de última generación. Una explosión de arte y happening.

Las luces del teatro volvieron a encenderse. No había tocado ni una hora y ya no quedaba casi nadie. El pianista cogió su chaqueta y, antes de ir a fumarse un puro en la calle, sacó su móvil y lo miró.

-Muy bien, Pancho, así se hace, no le hagas caso a lo que te dice el piano: es a nosotros a quien debes escuchar, a tus smarrrrrrt phones. Mañana mismo vas a comprarte otro, le pones otra tarjeta SIM y así a mí me usas para lo bueno, y al otro le dejas para el trabajo, para que te llamen de la discográfica. ¿No es una idea genial?

Pancho volvió a meter rápidamente el móvil en el bolsillo. Pensó que las técnicas de marketing de las compañías telefónicas estaban llegando demasiado lejos.

Tras atravesar los pasillos oscuros y vacíos detrás del escenario, el pianista vio por fin la débil luz que anunciaba las puertas que daban a la calle. Ya no quedaba nadie en el teatro y un olor raro hizo vibrar sus nervios anunciando un peligro indeterminado que sabía a muerte y violencia.

Una sensación irracional, quizás provocada por la vibración incesante de su smarrrrrt phone, le empujó a seguir adelante. Pancho salió y mientras pensaba en lo que acababa de ocurrir en el teatro, su pie topó con un líquido viscoso en el suelo, una sustancia rojiza como la sangre. Poco más allá vio unos dedos seccionados. Había un silencio espeso y raro en el aire, apenas manchado por voces y gritos de terror que parecían llegar desde otro planeta, desde lejanos edificios acolchados.

El pianista no quería seguir avanzando, quería entrar de nuevo en el teatro para esconderse y sentarse en una esquina. Pero no le fue posible: acompañada por un horrendo chirrido metálico, desde su bolsillo salió una enorme pata mecánica, y otra a continuación. Un brillo intenso y azulado anunció la monstruosidad que estaba a punto de devorarle.

Antes de que los dientes de acero de su enorme smarrrrt phone le arrancaran la cabeza, Pancho tuvo tiempo de mirar a su alrededor y estremecerse por lo que iba a ser su último recuerdo.

©Valerio Cruciani

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