“Espera” – Relato de la paciencia


beach-ball-575425_640No sé si sabéis lo que significa ser una canica, un punto, una esfera. No me miréis como si estuviera hablando sin ton ni son, a todo el mundo le pasa, es ley de vida: antes o después a vosotros también os tocará pasar por la fase esférica. Sí, vais a ser un cruce de infinitas circunferencias. Y tendréis que aguantar la espera, rebotar siempre en el mismo punto o golpear los bordes de un fregadero. Sí, de un fregadero. No es divertido.

La de la esfera es una vida hecha de coincidencias todas iguales. No hay sorpresas. Ahora, por favor, dejad de intentar visualizar vuestro estado esférico futuro o de recordar el pasado. Tras volver a la forma de exclamación vuelta al revés (la que llamáis “forma humana” con vuestro indigesto antropocentrismo), no hay memoria que sirva. Y por lo que al futuro se refiere, es inútil intentar prever con miedo o euforia las que serán vuestras dimensiones o vuestro color: una esfera es una esfera, el estado de bola es el mismo para todos. ¿A qué me refiero? Os voy a poner unos ejemplos.

Cuando llega la hora de ser circular, os toca salir para comprar el pan y en la panadería solo hay una cliente delante de vosotros. No hay nadie más en los alrededores. Solo esa señora que se os ha adelantado por una milésima de segundos. Por supuesto tenéis prisa y empezáis a rebotar en la espera: la cliente tiene exigencias complicadas, hace miles de preguntas sobre los tipos de panes, no sabe qué comprar, quizás el integral o la hogaza, pero finalmente se decide por el pan de aceite. Luego se fija en unas galletas de manera casi científica: con chocolate (seis), sin azúcar (doce o mejor veinte), con nueces (quince). Vosotros seguís rebotando y a la empleada se le caen al suelo unas galletas, por lo tanto la refinada operación de embolsado se hace eterna. Vosotros seguís siendo los únicos clientes esféricos en movimiento constante, no avanzáis. Se acerca el momento de cobrar, pero suena el teléfono y la empleada está sola: tiene que cogerlo. Alguien le pide que le guarde dos baguettes especiales y una tarta de cumpleaños para treinta personas con la frase “Feliz cumpleaños Brhadaranyakopanishadvivekachudamani – 10”. Hace falta tiempo para tomar nota de todo, pero finalmente la panadera puede completar la tarea.

La cliente paga buscando en el monedero el importe exacto. Coge despacio las dos bolsas y sale haciendo comentarios sobre el buen tiempo o sobre el mal tiempo. Es vuestro turno, ahora, y solo necesitáis una simple barra de pan.

Mientras se permanece en la condición de esfera, esta escena se repite igual a sí misma en las más diversas situaciones: en la farmacia, en la oficina de correos, en la parada del bus, incluso por teléfono. Solo necesitáis una aspirina, o enviar una sola carta por correo ordinario, o llamar rápidamente a un amigo o a un compañero para obtener enseguida una información que necesitáis justamente en ese momento

Es invariable el destino de la pelotita que rebota: a vuestro alrededor no hay nadie, habéis elegido el momento más tranquilo del día, la hora plana (lo opuesto a la hora punta), todo el mundo está haciendo otras cosas. Pero delante de vosotros nunca falta la señora que tiene que comprar treinta medicamentos diferentes (la pobre) y que pide consejo a la única farmacéutica disponible, mientras le pone al día sobre las condiciones de trabajo extremadamente precarias de su hijo; por muy poco se os adelanta un empresario que tiene que enviar decenas de paquetes por correo certificado internacional a decenas de direcciones diferentes; la persona con la que tenéis que hablar justo ahora (y no en otro momento) está fuera de cobertura y no os vuelve a llamar, y cuando por fin lográis hablar con ella, los ruidos os impiden entender lo que dice.

Vuestra mañana no avanza y tenéis cada vez más prisa, mientras alrededor vuestro todo se ralentiza de una manera exasperante. Pero no importa: sois una esfera, una pelota de goma, solo tenéis que esperar y rebotar.

Antes de iros, lectores sin piedad incapaces de simpatizar con una circunferencia solitaria y repetitiva (os vais a arrepentir cuando os toque), tenéis que saber que hay algo peor que os espera, una última coincidencia, la definitiva, la que pone el punto y aparte sobre el pequeño valor de vuestras vidas y que certifica el dominio absoluto de un orden superior, de una voluntad metafísica imponderable, insondable e injustificable: la cucharilla.

Tenéis que armaros de paciencia y de un buen delantal cada vez que os acerquéis al fregadero de vuestra cocina. No importa cómo, cuándo ni por qué dejáis una cucharilla sucia en la pila. No importa si hay más vajilla haciéndole compañía. Cada vez que abrís el grifo, el chorro de agua acaba indefectiblemente en el hueco del cubierto, multiplicando cual fuente alegre y exuberante las salpicaduras de agua por toda la cocina, mojándolo todo.

El fenómeno se repite siempre igual a sí mismo, imposible someterlo al arbitrio de vuestra voluntad. El agua seguirá salpicando desde la cucharilla, no por maldad ni para jugar con vuestros sentimientos. Lo hace porque ella no responde a las inescrutables reglas del Universo. No hay malicia, no se trata de los astutos trucos de una deidad. Solo tenéis que rebotar y esperar, fingiendo tener paciencia.

Ahora os digo adiós: estoy en la librería, por fin me toca y… acaban de decirme que el libro que pedí hace tres semanas está fuera de catálogo.

©Valerio Cruciani

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