Cómo atarse los zapatos


cordones para zapatosUna vez aprendidas las técnicas para atarse los zapatos, dejamos de darle a este gesto la importancia que merece. A este y a todos los gestos cotidianos que repetimos una y otra vez sin pensarlo dedico esta serie de relatos.

El niño suele tener los cordones de sus zapatos constantemente desatados, locos de atar, desenfrenados, debido a la poca fuerza que sus manitas aplican al nudo a la hora de tirar de los lados del mismo. Poca fuerza en el nudo unida a la mucha fuerza centrífuga aplicada por sus pies, una fuerza volcánica que arroja presiones de todo tipo desde el interior.

El niño se agacha al grito de “tienes los cordones desatados” y mira a sus zapatitos con asombro. Está en el colegio, su mamá no está ahí para ayudarle, no se atreve a pedirle asistencia a la maestra y la niñita que le gusta está esperando impaciente a que le demuestre a todo el mundo qué raza de hombre es él: un enanito que sabe perfectamente lidiar con un par de cordones.

Una vez adulto, ese niño se olvida de sus zapatos, ¿qué más da si se sueltan? El adulto mira su Oxford desde arriba, desde su metro ochenta de estatura, en medio de la calle, recién bajado del taxi que le deja justo delante de la puerta de un rascacielos. Una mano sujeta el móvil, la otra un maletín o una tablet (quizás más apropiada para nuestros tiempos). Acaba de hablar con un compañero de trabajo o un cliente, sonríe mientras mira esos cordones rebeldes, pero no es nada, en cuanto acabe la llamada se agachará para solucionar el problema en un santiamén.

Atar un zapato adulto es tarea compuesta por muchas subtareas. Podemos apoyar el pie a una de esas barandillas que están en las aceras y lucir unos calcetines recién estrenados, rojos con estrellitas blancas. Podemos atar los cordones mirando de soslayo a los demás peatones, podemos atarlos sospechando de la mancha gris que aparece en la punta del zapato y que delata nuestra pasión por andar incluso en los días de lluvia, se puede atar un zapato sujetando el teléfono con la cabeza ladeada sobre el hombro, atar con aires altivos, sentirnos los dueños del mundo que en cualquier rincón se encuentren, siempre tendrán ahí sus fieles manos que atarán y sujetarán las revoluciones del cuero perforado. Agarrar por el cuello el pie y ahogar y apretar sin piedad todas sus ganas de libertad mientras el mundo se deja comer por nuestras suelas firmes que devolvemos al asfalto caliente.

Si llevamos zapatillas de deporte, en cambio, nos costará reprimir nuestros pies, pero les explicaremos que tenemos que volver a encerrarlos en el contenedor de goma porque es la única forma de correr por el parque sin caernos. Nos agacharemos con humildad franciscana y no tardaremos ni un minuto, miraremos el reloj que registra nuestras pulsaciones y los kilómetros machacados y volveremos sin rencor a nuestra tarea sudorífera.

Ataremos zapatos informales bufando impacientes, se nos caerá un papel al suelo mientras hacemos el nudo y una chica guapísima lo recogerá encendiendo la chispa del amor, y entonces, solo entonces, no olvidaremos nunca más lo agradecidos que estamos hacia nuestros cordones y zapatos.

Los caracteres más pragmáticos llevarán sandalias, mocasines y zapatos con hebillas, y tras muchas horas en la calle o en la oficina echarán de menos esas pausas involuntarias impuestas por el azar o por las leyes de la física.

Solo los que llevamos zapatos capaces de desatar sus melenas al viento podemos esperar que, en cualquier momento, el nudo se deshaga obligándonos a parar para agacharnos como cuando jugábamos en el patio de recreo. Entonces los demás niños no nos esperaban y seguían corriendo felices lanzando gritos de guerra. A veces solo un amigo, del que hemos olvidado el nombre y la cara, se quedaba a nuestro lado para admirar con qué artimañas y nuevas técnicas devolvíamos el orden y la seguridad a nuestros pasos, porque sin nosotros el juego no era igual de alegre y completo y el patio parecía algo más vacío.

Solo unos segundos, unos pocos (o muchos) segundos que tenían el poder de detener el flujo de la existencia, y que conforme iba tomando forma el nudo acercando simplemente dos hilos sintéticos, cruzarlos, pasar uno debajo del otro, tirar, formar una elipsis, encajar el otro cabo suelto, girar y volver a tirar et voilá: un gesto que nos acercó peligrosamente a la edad adulta.

Unos segundos que ahora muy raras veces vuelven a detenernos necesariamente en medio de la calle, obligándonos a arrodillarnos unos instantes para sentir lo poco que somos, arrodillarnos para experimentar un minuto de humildad mientras a nuestro alrededor todo sigue fluyendo. Nadie se detiene a esperarnos, ni hay niños gritando y corriendo por ahí, formando corrillos a los que nos uniremos en cuanto tengamos el lazo listo.

El único nudo que sentiremos será el que aprieta y ahoga nuestra garganta, hecho por un maestro de los enredos, algo o alguien superior e invisible, que nos recuerda que nada es tan importante como poner un paso tras otro en total seguridad, y que por muy atrevidos que seamos, no podemos arriesgarnos a pisar un cordón suelto provocando sus ganas de hacernos perder el equilibrio.

Es mucho mejor tener algo de paciencia para volver a ver las cosas desde otra perspectiva, y concretamente desde un ángulo rasante la superficie del suelo, volver a abrir una ventana hacia ese patio de nuestra infancia. Puede que así, atando nuestros zapatos en medio del tráfico y del ajetreo, algún día podamos cruzar la mirada con ese niño que fuimos y que reclama atención ahí abajo, dentro de nosotros, con esas mismas manos -ahora un poco más grandes, más fuertes pero no más seguras- que están afianzando nuestro próximos pasos.

©Valerio Cruciani/2015

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