La chica revolución – Relato


la chica revolución

Ya lo sé, prometí no publicara nada, pero con tanto hablar de Grecia recordé que tengo un viejo relato (2004 o 2005) ambientado en Atenas. Lo escribí a la vuelta de la Bienal de los Jóvenes Artistas de Europa y del Mediterráneo, una experiencia inolvidable. Lo leí en Venecia con música en directo, fumando decenas de cigarrillos mientras me maquillaba y me ponía ropa de mujer. Pues eso, aúpa Grecia y que disfruten de este relato sexual, melodramático y cómico. Por cierto: los capítulos 1 y 2 se basan en hechos reales…

Uno: Fumar puede matar.

Todo ocurrió en Atenas.

Era ya de noche cuando, después de dar muchas vueltas, me encontré otra vez en una calle luminosa cortada por muchos callejones oscuros. Las tiendas estaban cerradas. Quedaban sólo algunos bares y algunos quioscos, de ésos en los que se vende de todo: komboloi, periódicos, revistas porno, cigarrillos, billetes, postales, bebidas. Compré un paquete de cigarrillos, de veinticinco, griegos. Sabía que para entonces ya debían de haber llegado todos los demás participantes de la Bienal, por lo que me esperaba una llamada de un momento a otro.

Me encendí un cigarrillo. Había poca gente por la calle. Excepto un tipo. Alto, delgado, curvado como un cóndor, aparentaba unos cincuenta años, pelo corto canoso, bigote largo. Vestía una simple camiseta blanca y unos vaqueros. Me preguntó algo en griego. Entendió que no le comprendía, y repitió en inglés a lighter, please. Le encendí el cigarrillo. Estaba a punto de irme cuando él comenzó a hablarme. Cuando le dije que soy italiano empezó a agitarse, a sudar como un loco de la alegría, se abrió a confidencias excepcionales, como que él era de Chipre, que trabajaba a Rjad con los del petróleo, que estaba en Atenas de vacaciones, que estaba solo, que estaba casado, que en Arabia no se encontraban mujeres, que para conseguirlas debías comprarlas a cambio de unas pistolas, que hacía calor, que tenía sed y que quería invitarme a un ouzo. Para mí el ouzo era como un viático, puedes decir que has llegado a Grecia sólo después de haberte tomado un ouzo. El tipo me inspiraba una serie de sensaciones encontradas entre el miedo, la curiosidad, el peligro y la simpatía. Era el acontecimiento que esperaba. Y además, ir a un bar nunca ha hecho mal a nadie.

Con sus pasos larguísimos, machacando el asfalto con sus largas zancadas, siguió hablando, más bien gritando en italiano ven, lugar bellísimo. Entramos en un pequeño callejón. La cosa empezaba a gustarme menos. Atravesó una puertecita, las escaleras se dirigían hacia abajo, el rótulo decía Night Club.

Ya no me divertía. ¡Oh!, ¿pero adónde vas? ¡Esto es un club! Probablemente mi observación era demasiado estúpida hasta para que me acuchillaran. Ven, bellísimo lugar, invito yo, ven. Y a la vez iba bajando. Todavía podía escoger entre irme o meterme en problemas.

Me metí en problemas.

Bajé por las escaleras en penumbra que anticipaban el ambiente del local. Luces difusas, rojas y azules, mitigaban la tensión. Había una mesa en el centro habitada por unas mujeres que no tuve tiempo de mirar bien. Sin embargo, ellas sí que me miraban a mí. Giorgy, así se llamaba el gigantón, se sentó en una mesa cualquiera mientras me indicaba con un gesto que me pusiera a su lado. Desde mi sitio podía ver la salida pero no alcanzarla. Una música americana bañaba el ambiente con un aire internacional: todos se encontraban un poco en casa, en un puerto franco, apenas traspasado el límite de las aguas territoriales.

Giorgy ordenó a gritos dos ouzo. Se veía que conocía bien el lugar. Un cliente habitual cuanto menos. Y yo pensaba ¿qué hay de extraño? ¿Te parece que un tipo rico que trabaja con los del petróleo sale de paseo con chaqueta y corbata y va sólo al Harri’s bar? No, los ricos son raros, van a prostíbulos, visten mal, sobre todo si trabajan en sitios en los que para conseguir una mujer tienes que pagar con una pistola. Se bebió su ouzo de un trago, estirando los brazos de satisfacción, para concluir con un enorme ¡aaaah! Estaba todo sudado por su incontrolable placer, eh, bonita Atenas, very nice Roma, yo nunca visto Roma, conozco Milén, Bolonia, Ferara, Palermo. Y yo, entonces tienes que venir a Roma. Y él por toda respuesta oh, sí, sí, sí, sí, bellísima Roma, ¿a ti gusta Atenas? Bellas mujeres en Atenas, ¡aaah! El local estaba desierto. Quedaban sólo las chicas.

Un pequeño vacío en la conversación bastó para darle la inspiración: batió sus manos como si fueran las alas de un murciélago y, en griego, pidió dos girls. A mí me estallaron las sienes.

 

Dos: Fumar obstruye las arterias y provoca cardiopatías y accidentes cerebrovasculares.

Se estaba poniendo realmente mal. Se me acercó una pelirroja exuberante, guapísima, en minifalda. Se sentó, saludó en inglés, y rápidamente nos encontramos en medio de la conversación.

What’s your name?

My name is Tania, I’m Russian but I live in Athens.

How hold are you?

I’m thirty. Y así seguimos; yo estaba con mi segundo ouzo, llegado de no sé dónde, mientras ella se terminaba su primera botella de champán. Entre tanto, Giorgy se había alejado con su chica. Tania se había pegado a mí, tan sólo a unos pocos centímetros del dorso de mi mano estaban sus preciosos muslos envueltos en suaves medias oscuras, sus ojos cristalinos lanzaban miradas atrayentes, como dardos disparados en todas las direcciones, y con naturalidad me preguntó can I have another champagne? Me lo preguntaba a mí. Y yo todavía estaba convencido de que invitaba Giorgy. Debía controlar los continuos ataques de pánico; el gordinflón que nos ponía las bebidas no me gustaba demasiado y el ouzo empezaba a subírseme a la cabeza. Mientras tanto, otros clientes reanimaron el local, ocupaban otras mesas y a otras chicas y todo parecía normal. Hablaba con Tania sobre Italia, le decía qué estaba haciendo allí, en Atenas. Y para hacerme el interesante le enseñaba mi cuaderno de apuntes, ése que no debía ver nadie, ése en el que recojo las sobras de mi inspiración. Y ella, toda maravillada, oh, wonderful, beautiful

Cuando milagrosamente sonó mi móvil, objeto al que nunca he amado tanto. Me dio un aire de desenvuelta importancia, esperaba que nadie entendiese lo que estaba diciendo. Pero destaqué bien la palabra club. Colgué. Le dije a Tania que estaba en la plaza Omonia, junto a otros italianos. Éramos tantísimos, todos amigos, todos artistas. Estaba a punto de meterle mano, mi sexo iba a su bola cuando, en un supremo esfuerzo de lucidez, I have to go, le dije, I have to go to the hotel, I have to work. Now?, dijo ella sonriente y curiosa, sobre todo porque ¿qué trabajo puede estar haciendo un joven italiano a las 11 de la noche, en junio, con aquel cuaderno encima? I have to write, I’m a writer, do you remember? Qué bien sonaba. Mi aspecto de inocente me ayudaba, el alcohol todavía no me había atontado completamente y aún podía jugar bien mis cartas.

Pedimos la cuenta. El gordinflón, con una puesta en escena realmente penosa, me trajo un papel cualquiera, podía ser incluso papel higiénico. Me encontré de pronto solo en aquel pequeño agujero infernal. Algunos números formando una columna y debajo, más grande, lo que debía de ser el total. De golpe me quedé completamente sordo. Trescientos cincuenta euros.

El gordinflón también lo repetía, para ayudarme, por si acaso había perdido también la capacidad de leer. Trescientos cincuenta euros. 350 euros. T-r-e-s-c-i-e-n-t-o-s c-i-n-c-u-e-n-t-a e-u-r-o-s. Tres ouzos y dos botellas de champán aguado: lo sé porque Tania me lo dio a probar en un arrebato de estupidez o de providencial generosidad, como si quisiera descubrir sus cartas.

Me dije “¡Bueno!, esto es como una película”, y empecé a representar mi papel. Debía de improvisar algo que despertara la simpatía o la piedad de mis verdugos. Entre tanto intentaba calcular la distancia que me separaba de la salida y, considerando que estaba sentado detrás de la mesa, que tenía a Tania a la derecha y al gordinflón delante, debería de tirar de un empujón la mesa y escapar de un salto hacia las escaleras atravesando la sala y girando alrededor de la barra antes de dirigirme realmente hacia la salida. El gordinflón me parecía que podía incluso llevar en el bolsillo una pistola, quizá una de ésas que vendía Giorgy a cambio de mujeres. Y las balas, ya se sabe, son más rápidas que las piernas. Entonces de acuerdo, actuemos, estaba solo jugándome todo en esa aventura. Grecia me acogía con los brazos abiertos.

Three hundred fifty is too much for me.

Silencio. El gordinflón me miraba, quería ver hasta dónde pretendía llegar antes de romperme la cara.

I’m a student. I have few money.

Silencio. Tania nos miraba por turnos: ahora a mí, ahora al gordinflón que no me quitaba un segundo los ojos de encima. Y dijo dis is de prais, you drink tri ouzo end tu shampagne for de ghirl. Tri andred fifti iuro.

No podía pagar. Entonces en un destello de ingenio pronuncié el nombre de Giorgy: but Giorgy says that he pay one ouzo for me, I don’t know nothing about the girl. Al mismo tiempo miraba a Tania, la girl, pidiéndole perdón y, sin embargo, ella parecía preocupada por mí y, en silencio, sentada siempre a mi lado, me dejaba seguir jugando.

El vozarrón de Giorgy resonó de repente por todo el local eh, italiano, ok, yo pago ouzo y botilla champán, bien así, después, le murmuró algo en griego al gordinflón que rápidamente me rehizo la cuenta: 160 euros. Todavía era demasiado. Y yo seguía intentando rebajar el precio con la misma técnica. Cuando la tarifa bajó a 100 euros cogí la cartera. En un bolsillito llevaba una gran cantidad de billetes; estaba a punto de cogerlos entre mi índice y el pulgar cuando un nuevo soplo de oxígeno en el cerebro me sugirió coger el montón más pequeño: 100 euros redondos. I have only this money… e inicié a contar poniendo sobre la mesa las hojas azules de veinte euros.

Veinte. Cuarenta. Sesenta. Ochenta. Como toques de campana por un muerto. Me paré, Can I pay eighty euro, please? El gordinflón miró el dinero y, después de un momento de vacilación, lo cogió con desprecio y se fue detrás de la barra murmurando algo. Yo, completamente jadeante, cogí deprisa la cartera y el teléfono, saludé a Giorgy disculpándome y él, gritando como siempre, está bien, está bien, no preocupar. Después fui hacia Tania, me sentía acalorado, con la cara de un color extraño, le apreté la mano diciéndole sorry, sorry, y ella, por toda respuesta, seria y apurada, ok, ok, but be careful next time, be careful ok?, y me llamaba por mi nombre. Next time? ¿Qué next time? A continuación, atrapado en la obsesión por despedirme, fui hacia la barra y saludé también al gordinflón cabreado con un sorry, I’m very sorry. Y finalmente alcancé bamboleándome las escaleras de salida.

Tres: El tabaco es muy adictivo: no empiece a fumar.

Estaba en la habitación del hotel, el aliento casi se me había normalizado. Al deshacer la mochila exhalé un ¡Cristo! Me di cuenta de que me había dejado mi cuaderno en el club, encima de la mesa, mi cuaderno con todas las direcciones, los teléfonos, los apuntes… ¡Cristo!

De golpe me catapulté de la cama, caí por tierra blasfemando y comencé a revisar todo, sudando como un loco en medio de todas mis cosas, mochilas, bolsas, ropa, folios. Nada, el cuaderno realmente no estaba, y sobre la polvorienta moqueta de la habitación no había quedado nada más que un espeso manto de pánico. Volver al club y preguntar perdone, con permiso, he olvidado mi agendita, me voy enseguida era impensable, me habrían linchado. Ellos tenían una considerable ventaja sobre mí, ahora podían chantajearme, y no creo que me hubiera negado a pagar trescientos euros por mi cuaderno, aunque tuviera que pedir limosna.

Desde luego estaba realmente bien: por una parte en Atenas pululaban matones azuzados por el gordinflón del club, listos para apalearme; por otra, debía recuperar cuanto antes el cuaderno donde, entre otras cosas, estaba el disquete con las poesías que debería de leer al público de la Bienal. Bien, me dije, ahora calma, reflexiona, todo juega a tu favor. Ni en sueños. Necesitaba aire, una cerveza y un cigarrillo: no conseguía pegar ojo y temía que de un momento a otro un asesino a sueldo viniera a ajustarme las cuentas.

Cuando de la nada un sonido de móvil hizo explotar la mina que tenía en el corazón. Serían las 3:00. Cogí corriendo el teléfono, había llegado un mensaje: I have your diary. El sudor empapó los botones negros de plástico. Lacónico y amenazador, un gato negro me estaba mirando desde aquella pantalla de cristal líquido. Era alguien del club, me quería asustar. Y lo hacía muy bien. Estaba totalmente paralizado, no tenía nada que responder, sólo esperar otro mensaje. Silencio. Estuve por lo menos una hora sentado sobre la cama esperando otra señal, una indicación, un signo de reconocimiento, y por toda respuesta el móvil callaba, me tenía en un puño con su silencio.

Me decidí: empecé a escribir yo un mensaje. Empleé media hora para decir What I have to do? Y al momento la respuesta: 22, Alexandrou street, first floor, extension 3, now. Una cita. Tenía que ir allí para recuperar mi cuaderno. En ese momento recogí el poco del valor que aún me quedaba en el fondo de mi cuerpo y me volví a vestir. Cogí dinero y teléfono, comprobé que la batería estaba cargada y salí.

Fuera del hotel vi a los drogadictos y a los camellos que, con total libertad, se amontonaban en mitad de la plaza. Pero tenía poco tiempo para el folklore: giré por la segunda calle a la derecha, entré por la tercera a la izquierda, y llegué a la calle Alexandrou. El número veintidós estaba delante de la oficina de correos. Un viejo reloj colocado en lo alto de un edificio igualmente viejo marcaba las 4 de la mañana. Me acerqué al portal para leer el desfile de nombres sobre el telefonillo. Sobre uno de ellos estaba escrito sólo 3, el piso que buscaba. Parecía hecho a propósito. Llamé sin pensarlo demasiado. Sin embargo alguien abrió el portalón antes que yo. Entré. Me acogió un tremendo puñetazo directo al ojo derecho que me tiró contra la pared, un grito, después la oscuridad.

Pasado no sé cuánto tiempo me desperté sobre una cama blanda, dentro de una casa en penumbra, con la cabeza que me giraba como un derviche enloquecido. El ojo me dolía muchísimo; encima me habían puesto una bolsa con hielo. Con el izquierdo podía ver algo: paredes descascarilladas, una mancha de humedad en el techo, un pequeño armario de madera. Oía algunos ruidos que venían del apartamento de al lado, dos personas jadeando. Me toqué y comprendí que estaba medio desnudo. Me levanté de un salto. A lo lejos, la voz de una mujer, en un italiano penoso manchado de inglés y eslavo queda tumbado, has recibido golpe en la cabeza. Me parecía conocerla. Después se acercó con una bandeja en la mano: ¿Tania?, dije incrédulo y ella, siempre atenta, me respondió ofreciéndome una taza con una infusión caliente sí, soy yo, ahora queda tumbado y bebe esto. Uno tipo estaba escondido en portal y robado reloj, pero yo echado. Bebía la infusión de Tania y mientras hablaba la miraba fijamente a los ojos. No creía que supiera italiano. Vestía una bata azul, sobria, desgastada en las muñecas, el tejido acrílico estaba estampado con motivos japoneses de flores y pájaros. La infusión derretía lentamente toda mi tensión y aquella mirada hacía que ésta fluyera por mis venas. Tania se había sentado a mi lado, me acariciaba la cabeza, y yo logré liberar una lágrima desde debajo de la bolsa de hielo. Antes de dormirme de nuevo acunado entre los brazos de un sueño profundo y calmado como un barco a la deriva, escuché su voz no preocupar, tu diario tenga yo.

Cuatro: Fumar perjudica gravemente su salud y la de los que están a su alrededor.

Delante del espejo experimenté el abatimiento más absoluto: la mitad de mi cara estaba tumefacta, dolía sólo al mirarla. Comencé a pensar en todo el tiempo que tardaría en reabsorberse la sangre del moretón, las visitas al oculista, las explicaciones que debería darles a los otros artistas de la Bienal, a los de la organización, al público que me vería reducido así. Todo por no escuchar los consejos de mi madre. Estaba fuera de los límites de la “educación”, solo como un chico malo. Era duro admitir que esta nueva situación empezaba a gustarme.

Una vez fuera del baño, di una vuelta por la casita de Tania: un lugar modesto, con dos dormitorios, una cocina que formaba un espacio único con la entrada y el comedor, y una pequeña despensa llena de cosas. Abrí el armario que había en mi cuarto y encontré algunos vestidos de mujer, algo viejos pero todavía dignos. En un cajón había un par de llamativas pelucas que encendían sin avisar aquella madera arañada y oscura y aquel suelo horrible de moqueta. Volví a la cocina para ver si en la nevera había algo para calmar el estómago y refrescar la garganta: encontré una cerveza, un poco de carne, una tableta de chocolate, pepinos y un yogur. En un armario había galletas, una bolsa de pan, unas conservas y un vaso con café. El ouzo no podía ni siquiera mirarlo, me parecía ver la cara del gordinflón en la etiqueta que, como en un tebeo, decía 350 euros, así que me decanté por el café sobrante y el yogur.

Estaba a punto de abrir las contraventanas entornadas cuando me di cuenta de que sobre la mesa estaba mi cuaderno con un papel pegado encima. Me dio un vuelco el corazón, los pulmones se apretaron dentro de la caja torácica en un espasmo de las costillas y caí en un llanto silencioso, sin motivo. El dorso de las manos no bastaba ya para secarme la cara y, mientras lloraba sin interrupción, miraba mi cuaderno con los ojos empapados. Al cabo de un rato logré tranquilizarme, me recompuse y finalmente leí la nota de Tania, escrita en inglés, en la que simplemente me decía que había ido a hacer la compra. Daba vueltas por la casa buscando un reloj hasta que se me ocurrió encender el móvil: por suerte aún estaba en mis pantalones. Eran las 12:47. Regresé a la mesa de la cocina y me senté.

Cogí el cuaderno negro entre mis manos, lo abrí y lo hojeé para comprobar si estaba todo en orden. Un abismo negro se abrió de nuevo bajo mis pies: faltaba el disquete que guardaba en la libreta. Entre blasfemias se me aceleró de nuevo la respiración, una punzada me contrajo el hematoma del ojo, mientras volaban cristos y vírgenes por todo el edificio; no acababa nunca de recorrer la calle de la noche anterior, me quedaba bloqueado y, de nuevo, entre las páginas llenas de tinta, emergía la cara del gordinflón que esta vez tenía mi disquete en una mano y, en la otra, una pistola mientras gritaba a pleno pulmón ¡¡mis 350 euros o te formateo!!

Empecé a tirar por los aires lo poco que había en el apartamento, pero el disquete no quería materializarse de ningún modo. Estaba perdido.

Entonces, en mi sorda desesperación, escuché a Tania que abría la puerta de casa. Fui hacia la entrada para recibirla con los brazos abiertos, para encontrar de nuevo en ella consuelo y, sobre todo, noticias de mi disquete. No era Tania, sino un hombre. Entró y me miró sin sorprenderse demasiado. Lo poco que quedaba de mi mirada se contrajo completamente en un gesto interrogativo y perplejo. El hombre estaba bien vestido. Me miró, me estrechó la mano diciéndome su nombre, después, como si nada, se fue al baño. Yo no tenía ni la menor idea de lo que hacer, todavía no había abierto la boca. Estaba de pie, en medio de la entrada, con mi ojo morado y el cuaderno negro en la mano, con el dedo índice que Don Abundio usaba para señalar la página[1]. Permanecí allí hasta que el tipo, Niko, no salió del baño. Fue a la cocina a prepararse un café griego y, mientras metía el café molido en el agua, me dijo que me pusiera cómodo, que Tania llegaría dentro de un momento. Yo continuaba sin hablar, me limité a un simple thank you.

Niko, mientras esperaba que hirviera el café, preparó dos tacitas que apoyó sobre la mesa. Con calma me informó que él era el compañero de Tania, un maestro de escuela que venía de Chipre, y que estaba acostumbrado a encontrar desconocidos en casa. Yo asentía en silencio, siempre de pie junto a la ventana a través de la cual, de vez en cuando, veía alguna paloma que se apoyaba sobre la vieja cornisa del edificio de enfrente que tenía toda la pinta de estar abandonado.

Tras unos minutos el café estaba listo. Niko lo sirvió en las tacitas blancas con la calma del que está en su casa, después se sentó a esperar a que los posos bajaran. También yo me senté, de frente a él, delante de mi taza humeante. El café le daba a Niko el tiempo necesario para estudiarme y, mientras me observaba, me pidió que le contara algo sobre mí; solamente sabía que yo era un escritor italiano. Le dije que estaba en Atenas para leer algunos de mis poemas en la Bienal, pero no le dije mucho más aparte de que vivía en Roma.

Estábamos envueltos por el suave aroma de la bebida que, frente a todos los miedos humanos, continúa impertérrita a posarse, como si sus posos fueran valiosas huevas dignas de esconderse en el fondo de una taza. En aquella pausa todo era más tranquilo, con los ruidos de la calle atenuados mientras la atención resbalaba sobre los aspectos más escabrosos de la vida y se detenía sólo en los pequeños y placenteros detalles.

El café ya estaba listo, sus huevas estaban a salvo y pudimos beberlo en una completa calma. En ese momento llegó Tania. Llevaba algunas bolsas del supermercado llenas. Las dejó sobre la encimera de la cocina después de haberle dado un beso a Niko. Se intercambiaron frases en griego para, inmediatamente y durante el resto del tiempo, hablar en inglés: evidentemente no tenían nada que esconder.

Mientras Tania dividía la compra entre la nevera y el armario, me preguntó si todo estaba en orden. Yo, con la voz temblorosa, le dije que faltaba el disquete. Se quedó inmóvil: no sabía qué decir. Le dije que aquel disco lo era todo, que tenía datos importantes para mí, le dije que lo había buscado por toda la casa. Ella pensó un momento: intentaba recordar todo lo que había hecho la noche anterior y, en voz alta, reconstruyó su recorrido.

Tania se fijó en el cuaderno justo en el momento en el que yo salía del local y, con naturalidad, lo había cogido y metido en su bolso a escondidas: un cuaderno en el club habría llamado enseguida la atención y habría despertado las sospechas del dueño que empezaría a hacerle preguntas desagradables. Cuando terminó de trabajar estaba un poco borracha, el champán aguado le asqueaba por lo que se había bebido algún whisky para quitarse de la boca el sabor amargo de los hombres. Como siempre, había cogido su coche y se dirigía hacia su casa, pero antes fue a comprar cigarrillos. Quizás en ese momento, cuando cogió el dinero de su bolso, estaba muy cansada y quizás allí podría habérsele caído el disquete. Después subió a casa y me envió enseguida el mensaje tras encontrar mi número en la primera página del cuaderno. Nada más.

 

Cinco: Fumar puede reducir el flujo sanguíneo y provoca impotencia.

Había quedado con Tania delante del quiosco donde podía haber perdido el disquete. A las 4:00 de la mañana del día siguiente. Quería preguntarle al propietario. Yo pasé toda la jornada como un turista y por la noche, en la Bienal, todo el mundo hablaba de mi ojo hinchado.

Cuando, sin avisar, llegaron las 4:00. El ojo empezó a latir tan fuerte que parecía un péndulo. Llegué al quiosco; desde lejos, poco después, vi venir a Tania. Nos saludamos con un beso en la mejilla. Parecía especialmente cansada. Se dirigió al tipo que hacía el turno de noche, le preguntó por el disquete. No sabía nada. Estaba arruinado. Tania intentó explicarse mejor, pero el tipo realmente no lo había visto. Tania leyó en mi cara una tristeza sin límites, así que me ofreció algo de beber en su casa. Niko, esa noche, no volvía a dormir. En un primer momento no quise aceptar, prefería encerrarme en mi cuarto. Pero ella me daba esa calma que yo no tenía, conseguía mitigar mi tensión, no sé, con la voz o con las manos, así que, casi sin pensarlo, acepté la invitación.

Llegamos a su casa, donde también pude ducharme. El ojo aún me dolía mucho. Tania me preguntó si en el disquete estaban mis datos personales. Además de poemas, había, en efecto, un currículum mío traducido al inglés. Probablemente el tipo que se lo ha encontrado te llamará, dijo ella. Yo ya me había rendido, no quería pensar en nada.

Fue esa incapacidad de pensar la que me hizo caer en brazos de Tania. Me dejé ir, necesitado de un consuelo sin límites. Tania me tumbó en su enorme cama de matrimonio, me quitó los pantalones y la camiseta negra y empezó a besarme por todas partes. Yo estaba muy cansado, pero aún así intenté meter mis dedos por los resquicios abiertos entre su ropa. De forma violenta, excitado, conseguí meter toda mi mano en la parte delantera de sus pantalones.

Mi mano era una parte separada de mí, más curiosa que yo, impúdica, razonaba por su cuenta y no servía para nada mi condena ante semejante curiosidad. Tania era un gigante, mi mano era gigante, ese bulto entre las piernas de Tania era un gigante: yo era el único enano, aplastado por un manto de objetos de vida desproporcionada. Tania sintió cómo se helaba mi mano. Me miró fijamente a los ojos.

Yo era un caballo de carreras que en la carrera salta todos los obstáculos y, después, salta todos los que no debe saltar, salta sobre la gente y los aplasta, salta sobre el jurado y lo aplasta, salta sobre los cronistas y los aplasta. Un caballo que ha tirado al jinete, que ha resoplado llamas de infierno sobre su establo, que ha hecho añicos el bocado y las riendas, que ha rajado el cuero de la silla de montar más resistente. Mi mano gigante y helada era una pezuña atrapada entre matas ardientes mientras yo hacía de todo por liberarla, pero Tania la tenía sujeta entre las piernas, me la estrujaba sobre aquel primordial resto arqueológico suyo de pene, y la empujaba más allá y más abajo, y allí abajo estaba eso que no debería de haber estado, estaba el vacío primordial en el que siempre me he perdido, el vacío en el que todos los caballos, antes o después, van a parar tras haber derribado el último obstáculo, el vacío donde nunca más apoyarán los cascos en la tierra y la misma tierra no será más que una vieja palabra sin sentido.

Tania me empujaba el casco dentro de aquel vacío, me absorbía todo entre sus muslos, sus paredes altísimas, y yo, rojo, turgente, traspasaba el último obstáculo, despegaba definitivamente las patas de la tierra y veía la tierra alejarse de mí para siempre. Ella era el demonio y yo su alumno.

Tania me arrancó toda la ropa, parecía que quisiera extraer un diente cariado y podrido de una encía demasiado celosa de su podredumbre, y yo tenía siempre mi pezuña entre sus muslos, dentro de aquel abismo, y cuando mi erección salió al descubierto, hice explotar los pantalones de Tania y sólo entonces pude ver aquello que no creía pudiera estar: veía a mi padre y a mi madre juntos, veía al hombre desaparecer y vivir el triunfo de la mujer, y veía cómo la victoria y la derrota nunca se separan sino que viven juntas en larguísimos, casi inmortales crepúsculos. Mi miedo aumentaba mi erección. Mi cara se hundía entre las tetas de Tania, tetas grandes, firmes y maternales, mientras, de manera autoritaria, Tania me obligó a entrar dentro de ella, y todos los agujeros que un hombre y una mujer pueden tener, todos, me los hizo llenar. Tania era un inmenso carrusel y un túnel oscuro y profundo, me hacía estar dentro de mis mujeres y dentro de mí, y en su placer conocí todo aquello que el hombre y la mujer, vivos en una sola carne, pueden dar a la vida. Hasta extenuarme.

A la mañana siguiente me desperté y Tania me acariciaba. Estaba guapísima. Le pregunté que qué día era. Era el 10 de junio: ese día me tocaba a mí, debía leer mis poemas en público. Y del cielo bajó mi disquete con mis poesías. Lo siempre tenido yo, y me lo dijo con un aire, con tal ligereza, que parecía casi una conclusión banal.

¿Qué puedo decir? Estaba feliz. La abracé apretándola muy fuerte. Antes de dejarme marchar, me dio un beso profundísimo y una carta. Me decía que la volvería a ver en Roma. Quería cambiar de vida, quería estudiar, quería que incluso en sus documentos estuviese escrito Tania y que nadie pudiera dudar nunca más de su sexo.

Salí de su casa que mis pies no tocaban el suelo. Fuera hacía sol: nunca había visto un sol tan dorado y un cielo tan azul.

Yo nací en Atenas, el 10 de junio, en la madrugada de un día con sexo indefinido.

FIN

[1] Don Abundio es uno de los protagonistas de la novela de Manzoni I promessi sposi. Este personaje se caracteriza por su profunda moralidad, salpicada de bondad y falta de valor.

©Valerio Cruciani/2015

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