“Humano-humano” (relato de ciencia ficción) – Parte 1


Bansky

Bansky

Nuestra enorme mano de hierro se levanta y pasa a través de las llamas que envuelven la casa en medio del prado. La agarramos haciéndola pedazos mientras el fuego se apaga entre nuestros dedos. El monte nevado aparece al fondo y la ceniza cubre la hierba.

De repente estamos en la casa, intacta como antes del incendio. Ahí está nuestro padre hablando sin parar. Sus ojos se fijan en los nuestros, sus labios se mueven cubiertos por una gelatina pegajosa sin emitir sonido alguno. Ahora sus ojos son nuestros ojos y nuestra mano de hierro es la suya. Está serrando el cuello de nuestra madre del que sale la sangre fría y oscura. Nuestra madre nos mira con un ojo abierto. Grita. Su voz es la voz de otra mujer, la mujer a la que quisimos.

Llenos de terror, le prendemos fuego a la casa, nos quemamos en su interior con nuestro padre y nuestra madre que siguen celebrando su sacrificio y el nuestro. Solo sentimos dolor y pánico. Las llamas nos devoran y la voz de nuestra mujer nos llama, “Kazimir”.

Los párpados se abren de golpe, nuestro cuerpo sudado salta de la cama separando la cabeza de la almohada, el corazón late acelerado, parece que está a punto de explotar.

Desde la cercana estación de lanzamiento sale el cohete de las 7:00. No sabemos por qué, pero el ordenador central ha encendido la chimenea eléctrica del piso y hace tanto calor como antaño, como cuando existía el verano.

Nos levantamos extenuados por ese sueño horrible que nos persigue desde hace unos meses. Kazimir… Creíamos haberlo superado, y ahí lo tenemos de nuevo.

La única sensación positiva del sueño es la del brazo metálico, la seguridad del hierro y de los pequeños aparatos que están ahí para hacerlo más real, el ángulo de torsión, la delicadeza de los cables y de la tecnología para la transmisión de los datos táctiles. Su fuerza incorruptible nos conmueve, y pensamos que quizás ha llegado la hora de hablar en serio con Elena.

Apagamos el fuego eléctrico y nos servimos un tubo de vino sintético, sabor reserva español. Nos miramos en el espejo y vemos una cara fea e abotargada, nos parece un desconocido con bigote, los ojos apagados y caídos, con el aspecto de alguien que ha llegado demasiado pronto a los cincuenta.

Elena… Éramos una pareja feliz, estábamos a punto de volver a ver a nuestro hijo Andrey que volvía de pasar unos años en las ciudades educativas. Éramos felices como solo podían serlo las personas en esa era de grandes progresos.

Mientras acabamos el vino y la música de las orquestas cuánticas colorea el techo de la habitación, pensamos en la Universidad, donde nos conocimos. Éramos unos brillantes estudiantes de biotecnología y ella ya hacía maravillas en el campo de la neurociencia.

Entonces apareció ese sueño. Por un momento creíamos tenerlo controlado, que tras años de terapias, viajes del sueño en la Luna y microchip de control hormonal todo fuese olvidado y perdonado. Incluidos mis ataques de rabia que tanto la asustaban.

Sin embargo, esa pesadilla volvió para demostrar que no se puede controlar el espacio profundo del individuo. No sin las modernas conversiones robóticas.

Nos sumergimos en los estudios, en los viajes por las cintas de sonido y en el sexo. Elena nos acompañaba por las bandas de silicona rosa para ver los efectos de la explosión de la Supernova, cuando el Sol dejó de ser fuente de vida. Nosotros, Kazimir, admirábamos con creciente morbosidad nuestra disciplina. Nos casamos con Elena porque era la única mujer que no se traicionaba intentando esconder sus emociones delante del espectáculo infantil de las rocas espaciales, que explotan en fragmentos brillantes sobre los escudos atmosféricos como millones de fuegos artificiales, bajo los que se celebra el renacer de la humanidad, ahora auspiciada por el dios infalible de la ciencia.

Elena podía presumir de haber tenido una infancia feliz y de que sus padres murieron por elección, pues desconfiaban de la todavía imperfecta biología auto regeneradora. En cambio nosotros creíamos que el tiempo borraría cada traza de nuestro pasado imperfecto.

Algunos estamos pagando el precio de la ignorancia, el precio de seguir anclados a otra época, de habernos desarrollado a caballo entre la era oscura de las máquinas humanoides y la nueva era de la tecnología exponencial, en la que ya no creamos máquinas que se nos parecen, sino que nosotros mismos nos elevamos a la potencia de las máquinas. Somos los restos de una prehistoria olvidada…

Dejamos el vino en silencio. Por la ventana vemos cómo los rayos de pensamiento, esos haces de luz fluorescente azul y violeta, cruzan la atmósfera ahí donde las estrellas lejanas brillan en un crepúsculo constante y eterno, encendido cada cincuenta años por los latigazos agonizantes de las emisiones del antiguo Sol. Un crepúsculo invariable al que todavía nos estamos acostumbrando.

Nos sentimos algo ebrios. El alcoholismo, esa enfermedad propia de una humanidad extinguida, nos acompaña desde el día en el que levantamos la mano sobre Elena y empeoró con el divorcio. Podríamos solucionarlo en un minuto instalándonos el chip anti intoxicación que ya lleva todo el mundo. Pero no queremos. Somos un modelo antiguo, preferimos beber a escondidas vino sintético en las habitaciones en las que dormimos, vagando sin rumbo.

La belleza del brazo metálico soñado nos convence. Mientras salimos de la habitación R128 observamos los suelos que se lavan, la cama que sale de una nube de vapor desinfectante… y quién sabe por qué, volvemos a pensar en esas viejas películas, cuando todavía existía el cine. Historias del amanecer de un nuevo mundo, cuando todavía creían que el futuro era un robot que se vuelve humano. Ese cliché tonto nos hace sonreír por un segundo.

Salimos a la calle, los seres perfectos se mueven sobre sus zapatos a propulsión binaria, los cohetes que ascienden constantemente agujerean el cielo en penumbra, agitando vientos oxigenados con sus chorros de fuego, haciendo retumbar como enormes cuernos los montes en los que se multiplica el eco de una nota sostenida y grave.

Nosotros nos quedamos ahí quietos, con nuestras antiguas zapatillas deportivas. Tenemos que hablar con Elena porque la reaparición de esa pesadilla tan real, tan presente, podría poner fin a nuestra existencia.

Sentimos que es estúpido resistirse y seguir negándonos el placer y el deseo de gozar, como el resto de los seres, de una existencia completa y eterna en la fisiología robótica. Por el momento, de la metamorfosis solo hemos aceptado la longevidad. Quizás ha llegado la hora de dar el último paso.

-SIGUE-

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