“Humano-humano” – Parte 2


Shadow_Hand_Bulb_large_AlphaCaminamos tambaleándonos ligeramente. Por una pared se asoman centenares de cánulas de plástico blancas, los que las usan desaparecen para materializarse en otro sitio. Soplamos en una de ellas. Un dolor punzante fríe nuestra piel y al cabo de un instante estamos delante de Elena, que nos mira decepcionada: le prometimos que desapareceríamos de su vida. Sigue siendo tan hermosa como cuando nos conocimos. No quiere hablar con nosotros, está completando la impresión en 3D de un cerebro humano completo. Bromeamos sin éxito sobre sus estudios, sobre que el cerebro es el único producto de la evolución que todavía guarda algún misterio.

Dice que ha vuelto a ver a nuestro hijo Andrey, que está bien y que suele viajar más allá de Neptuno para entregar restos de nuestra civilización a los pueblos que viven fuera de la galaxia. Tampoco él nos echa de menos.

Elena nos mira y siente pena, rabia e indiferencia a partes iguales. Tendríamos que estar en un centro de reconversión y reeducación para humanos-humanos.

“El sueño… ha vuelto”, le decimos. Elena deja de lado su tableta y nos mira. Le decimos que hemos tomado una decisión, que queremos cambiar, evolucionar para ser un robot perfecto y plenamente humano: nosotros también queremos viajar por el espacio y hacer negocios en Saturno, queremos gozar de todo el conocimiento y de la verdad, queremos superar las enfermedades y la estupidez, coger un puñado de tierra contaminada y hacer crecer en una semana una perfecta planta de Moholenov, la planta de la energía que nos donaron los habitantes del planeta Theremin, cuyas flores cambian de forma y de color según las condiciones ambientales, y cuyas raíces no conocen el significado de la palabra putrefacción.

Queremos ser parte del nuevo mundo-universo, volver a estudiar y completar nuestro trabajo sobre las monopartículas de síntesis para la producción de oxígeno y agua en el espacio sideral. Sobre todo, queremos librarnos para siempre de esa pesadilla, olvidar al padre y ser ese brazo perfecto que apaga el incendio, queremos superar como los demás los límites de la sangre y estar en la vida como un humano-robot: seguir amando el aprendizaje, volver a descubrir la belleza de lo que nos rodea, sentir por primera vez el amor y la amistad… y volver a ser dignos de Elena, de su perdón.

Nos mira en silencio un instante, quizás con la misma compasión con la que un dios griego miraría a los pobres mortales. No puede garantizarnos que la inicialización de nuestro sistema biológico robótico pueda alcanzar rápidamente el 100% de su desarrollo. Nuestra biología, por lo menos al principio, no cambiará mucho. Y existe el riesgo de que el antiguo trauma vuelva a despertarse con mayor fuerza.

“¿Esto es un sí?”, le preguntamos. Elena acepta, no puede hacer otra cosa: el código ético universal dictamina que la evolución de los cuerpos es un derecho fundamental, el último paso hacia la total extinción de las guerras. A continuación, nos cita para el día siguiente en el centro médico Kurtzweil, el único del distrito especializado en reconversión de humanos. Elena nos tranquiliza: se trata de una operación de un par de horas, lo necesario para instalar unos nanochips en el cerebro y en el flujo sanguíneo. Y enseguida se despide de nosotros, tiene cosas más importantes que hacer.

Aunque la luz no cambie, seguimos pensando en la noche y en el día, dividiendo en horas nuestra vida cotidiana. Solo nos separan 24 horas terrestres de nuestra reencarnación. 24 horas y abandonaremos el viejo Kazimir, volveremos a vivir. Tenemos que hacer algo para calmar la ansiedad.

Los rayos luminescentes en el cielo parecen volverse más y más intensos, los pensamientos viajan rápidos en la bóveda anaranjada. Pronto nosotros también podremos emitirlos.

Conectamos nuestro buscador emocional a un cable transparente, una gota de nuestro sudor es suficiente para alimentar el terminal para que nos aconseje un sitio que, hasta ahora, solo existía en las leyendas metropolitanas. Se trata del Kokoshcka. Está muy lejos, en la vieja landa desolada. Será el lugar adecuado para un adiós y una última borrachera.

Un taxi auto pilotado, un modelo superado por los modernos haces de luz concentrada, nos deja delante de las puertas oxidadas de este local subterráneo, en medio del desierto de los antiguos países árabes, ahora lleno de escombros y basura.

Entramos y el ambiente nos envuelve con un aura de tristeza. El Kokoschka es el último local del llanto del planeta, un refugio tolerado por la ley exclusivo para los humanos-humanos como nosotros.

Aquí todo tiene el aspecto de un bar del siglo pasado. La barra de madera está llena de arañazos y los taburetes están medio rotos, la cerveza es sintética pero la sirven según la tradición y no en esos tubos de neocristal. Una banda toca una triste música analógica en un pequeño escenario de cemento. En las quince mesas sumergidas en una oscuridad casi total, hay hombres y mujeres que beben y escuchan sin decir nada. Todos tienen los ojos húmedos y vidriosos y algunos fuman tabaco desnicotinizado de polímeros vegetales.

En cuanto nuestra mirada se cruza con la de una anciana sola, empezamos a llorar con fuerza, las lágrimas brotan sin razón, abundantes, calientes, libres y sorprendentemente reconfortantes, mojan nuestro rostro, la camiseta, la copa. Hacía años que no nos sentíamos tan bien, tan plenos y enérgicos. Cuanto más desahogamos con el llanto las cosas que no podemos decir o hacer, tanto más recuperamos algo húmedo y acogedor, una soledad parecida a un abrigo gris en un antiguo día de lluvia. Recordamos el último invierno…

Con un acorde de blues y con la cuarta cerveza regresan las caras de nuestra madre y de nuestro padre. Pero ahora no hay angustia ni terror. Esas caras vuelven a nosotros purificadas, asoman por entre las nieblas del pasado oscuro y arañado de nuestra memoria y nos devuelven una imagen de felicidad. Sonríen como cuando se amaban y eran nuestro héroes y nuestros protectores.

Ahí, en ese antro feo y maloliente para humanos-humanos, desechos de carne y huesos, nos sorprende la sonrisas luminosa, verdadera e inmortal de aquellos a los que quisimos barriendo la pesadilla, el miedo y la sangre.

Las lágrimas desaparecen. Nuestra sonrisa atrae ahora las miradas de los presentes. Tenemos que contárselo a alguien, pero el Kokoschka no es el sitio adecuado para compartir la felicidad, y nos lo recuerdan echándonos de malas maneras.

Volvemos al desierto sucio, ante esa puerta oxidada y solitaria nos montamos en un taxi que nos lleva rápidamente a la ciudad. Un sabor dulce nos llena la boca. Nos sentimos bien.

Todavía faltan unas cuantas horas para la intervención. Nos sentamos en un banco, detrás de una placa de protección ultravioleta, mirando los cohetes que se elevan de las plataformas marinas. Una brisa templada, suave y constante nos calma poco a poco. A nuestro alrededor todo corre en un infinito cielo libre de los ciclos de la evolución y del tiempo. Estamos a punto de dormirnos, olvidando la operación, que ya nos parece algo secundario.

Todo sigue su rumbo fluido, como siempre, y por fin podemos sentir en nuestro interior los albores de un nuevo Kazimir que despierta.

De repente, una señal electromagnética nos recuerda que Elena nos espera en el centro médico Kurtzweil.

©Valerio Cruciani

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