La fórmula (relato de ciencia ficción)


robo-escritor-2Escribí este relato en 2014, y solo más tarde empecé a encontrar artículos sobre las máquinas-novelistas. El invento del que hablo yo está a medio camino entre el autor humano y el robot, y va más allá, ya que no se limita a escribir una novela. Pero no quiero adelantar más datos. Para profundizar en el tema, hay un interesante artículo de Gonzalo León.

La fórmula. Relato de Valerio Cruciani no modificado por máquinas.

Una pantalla en la que campa a sus anchas la ventana blanca del editor de textos. Guillermo, aburrido, llevaba sentado ahí delante toda la noche. Meses atrás, Ana, su editora, le pidió algo breve para un experimento que no se iba a publicar. No sabía de qué se trataba, lo entregó sin más e ingresó un delgado cheque. Ahora su problema era “engañar” de nuevo a sus escasos lectores y sacar algo decente. Le daba vueltas y vueltas a unas ideas desordenadas, y no salía del atolladero.

Consumo cultural, consumir cultura, IVA al 21%, gastos, derechos de autor, perversa piratería, censura, autocensura, creatividad, ideas originales, retrato social, fantasía, sexo, dragones y sadomaso, una de romanos que investigan los crímenes de un hombre enmascarado que resulta ser Zeus, best seller, best seller, dinero, mujeres románticas, el Holocausto cyberpunk, ventas, ventas, ventas, ser una máquina, una máquina, escribir como una máquina…

Justo cuando estaba a punto de quedarse dormido (¡a las 10:00 de la mañana!), el teléfono sobresaltó a Guillermo de malas maneras. Era Ana vertiendo entusiasmo a raudales que paró en el dique seco de la gran presa del cinismo del escritor. El experimento dio resultados excelentes. Tenía que acudir esa misma mañana para ver el prodigio.

El pegamento extra fuerte del recelo de Guillermo le dejó adherido a su silla. Llevaba ya cuatro novelas publicadas y ninguna le había hecho dar el famoso “salto”. ¿De verdad creía su editora que todavía había algo que pudiera causarle emoción y entusiasmo?

Sin embargo Ana insistía tanto que tuvo que salir de casa para ir hacia su despacho. Cogió su bufanda y los guantes de lana, metió en su bolsa negra su tableta y se hundió en los asientos del metro para recorrer las muchas estaciones que le separaban del centro de la ciudad. Un trayecto que se le hacía cada vez más insoportable. Abrió el archivo de un libro que llevaba meses intentando acabar. No se concentraba en la lectura: solo se preguntaba si de verdad hacía falta darle otra oportunidad a ese autor.

Cuando llegó, Ana no le dio ni el tiempo para quitarse el abrigo y se lo llevó al departamento de informática, cuatro plantas más abajo, en el sótano. Tenía que enseñarle su gran hallazgo, algo que, aseguraba, iba a cambiar para siempre el mundo de la literatura.

-¿Sabes que el ebook ya está inventado? –preguntó Guillermo irónico.

Ana no le contestó. Cruzaron las grandes puertas de cristal blanco con el logotipo del grupo editorial. Cuando entraron en la sala, algunos ingenieros brindaban con refrescos mientras la música salía de unos altavoces, otros estaban sentados sin dejar de teclear líneas de código. Todos tenían una expresión satisfecha en la cara. Ana le daba la enhorabuena a todo el mundo, se abrazaban e intercambiaban gestos de complicidad.

-Sígueme, te llevo a ver qué opinan de tu historia.

Condujo a Guillermo al fondo, a otra sala donde estaban sentados en dos sillones verdes de polipiel un hombre y una mujer de unos treinta años. Él parecía muy serio. Apagó el lector que tenía entre las manos y se limitó a rellenar la ficha de lectura que le habían puesto encima de una mesita de plástico.

A su lado, la chica no dejaba de retorcerse en su sillón, pedía silencio, se mordía los labios y no dejaba un instante de leer en su tableta, devorando las palabras a docenas. Cuando acabó, se pasó la mano por el pelo y empezó a comentar en voz alta lo extraordinaria que le había parecido esa obra. Al ver que el compañero de al lado no le hacía ni caso, se levantó para dirigirse a Ana y a Guillermo, les tocaba mientras les soltaba una ráfaga de comentarios entusiastas sobre lo bien que se lo había pasado devorando ese breve libro. El de Guillermo.

Cuando Ana le recordó que tenía que rellenar la ficha, volvió a sentarse, cogió un bolígrafo y empezó a escribir deprisa. Lo único que deseaba era compartir lo bien que le había sentado esa obra. Quería recomendársela a todo el mundo.

Ana recogió las dos fichas y se las pasó a un chico rubio que les echó un vistazo. Con una mirada y una mueca típica de los que se entienden, anunciaron que el test había sido un éxito.

Guillermo estaba cada vez más confundido. Nadie le explicaba qué estaba pasando ahí y empezaba a sospechar que esa hora pasada en el metro solo había sido una pérdida de tiempo. Con lo bien que estaba en casa…

-Ana, disculpa, todo esto es muy bonito, pero… ¿te importaría explicarme qué está pasando?-, preguntó mientras la chica, al enterarse de que él era el autor, le daba apretones de mano.

-No. Tienes que probarlo aquí mismo, ahora. ¡Chicos! Un momento de silencio –gritó Ana hacia el resto de presentes-. Tenemos con nosotros a la pieza fundamental del hallazgo. Vamos a hacer un rápido test con Guillermo aquí presente.

Sin dejarle tiempo para reaccionar, Ana sentó a Guillermo en una mesa con un ordenador, abrió un programa parecido a un editor de texto cualquiera, pero con opciones e iconos desconocidos, y le pasó el teclado.

-Escribe –le ordenó sonriente.

Guillermo la miró como si estuviera loca, como si le hubiera pedido que construyera un cohete.

-Venga, escribe –insistió Ana-, ¿no es lo que sueles hacer?

-Pero… ¿qué? ¿Por qué? –preguntó Guillermo que empezaba a ponerse nervioso por tanto misterio y tanta algarabía.

-Una cosa cualquiera, un relatito de media página, venga. En cuanto acabes te haremos una demostración y entenderás lo que está pasando, te lo prometo.

Guillermo no sabía cómo lo hacía Ana, pero era la única que le hacía sentir seguro de sus capacidades, le inspiraba tranquilidad y confianza. Sus amigos no le transmitían esa misma sensación y sus padres mucho menos. Así que se quitó el abrigo y toda la parafernalia del invierno, miró a Ana y empezó a escribir. A su alrededor se creó el vacío y el silencio.

“Delante del Templo de Debod en Madrid, apoyado en la barandilla que separa esa pequeña explanada del lejano bosque de pinos que conforma el Parque del Oeste, Daniel miraba el sol que bajaba implacable tiñendo todo de naranja, también los altos edificios que se divisaban al horizonte. Dos manos se apoyaron encima de sus ojos y en la oscuridad momentánea en la que cayó, pudo reconocer a Carolina. Se dio la vuelta y la sonrisa de la chica pudo con él. Era la única cosa capaz de desarmarle: ¿cómo le iba a decir ahora que se había acabado todo entre ellos?”.

Tras una media hora tecleando, borrando, volviendo a escribir, pensando y dudando, Guillermo dijo que había acabado. Imprimió unas copias, y Ana y sus colaboradores lo leyeron. Cada uno reaccionaba de una forma diferente: a algunos les parecía soso, a otros interesante pero cursi, para otros prometía emociones y a uno le entró la risa.

-Es que hoy las musas tienen el día libre, lo siento –dijo sonriendo tímidamente.

-Bueno, bueno –dijo Ana antes de que Guillermo empezara a extrañarse demasiado-, no es ese el tema. Como ves, una cosita así de sencilla puede dar pie a comentarios y opiniones diferentes entre lectores. Ahora mira…

Guillermo se levantó y dejó sentarse a Ana. Esta pulsó varios comandos del editor de textos, guardó el archivo y lo envió. Luego le dijo a los dos lectores de los sillones que cogieran sus respectivas tabletas y que leyeran lo que acababa de enviarles. El chico y la chica siguieron las instrucciones y, tras leer, estuvieron de acuerdo en que el microrrelato les había transmitido calor (a ella) y rabia (a él).

-¿Cómo puede ser? –preguntó Guillermo que no entendía nada.

Ana se levantó y cogió las dos dispositivos para dárselos al escritor. Le dijo que cada uno estaba configurado según las características y gustos de su dueño y que el microrrelato… Bueno, que tenía que leerlo para entenderlo.

Esta era la versión que aparecía en el lector de la chica: “Delante del Templo de Debod en Madrid, apoyado en la barandilla que separa esa pequeña explanada del abismo de pinos que conforma el manto verde del Parque del Oeste, Daniel miraba el sol que bajaba implacable soltando una cremosa atmósfera anaranjada por encima de los altos edificios que se divisaban al horizonte. Dos manos lisas y frescas se apoyaron encima de sus ojos y en la oscuridad momentánea en la que cayó, pudo reconocer a Carolina. Se dio la vuelta y la sonrisa brillante de la chica pudo con él. Esa sonrisa era la única cosa capaz de desarmarle: tampoco esta vez le iba a decir que todo había acabado entre ellos.”

Guillermo lo leyó dos veces sin entender qué es lo que había pasado. Ana le invitó a leer también el otro antes de hacer cualquier comentario. El escritor, algo contrariado, cogió el otro trasto y empezó a leer lo siguiente: “El Templo de Debod dominaba Madrid. Daniel estaba apoyado en la barandilla fría y oxidada que separaba la angosta área a sus espaldas del abismo verde del Parque del Oeste. Miraba el cielo que se teñía de tonos sangrientos, un atardecer que bañaba en una luz mortecina los altos edificios que se divisaban al horizonte. Dos manos duras y secas se apoyaron sobre sus ojos. Daniel, asustado, se dio la vuelta quitándoselas de encima con energía. Al salir de la oscuridad momentánea en la que Carolina le había hecho caer, se fijó en la expresión seria de la chica que todavía creía ser su novia. Sin embargo, Daniel puso su peor sonrisa y le espetó: ‘No lo hagas nunca más. Has tardado mucho’. Todo se había acabado entre ellos y a Daniel ya no le preocupaba cómo se lo iba a decir. Solo quería cortar de una vez por todas.”

Guillermo miró a su alrededor buscando respuestas.

-Estos aparatos con este programa pueden ajustar y modificar cualquier texto a los gustos de cada lector. ¡Imagina las ventas! –, le dijo Ana con un entusiasmo que empezaba a ser irritante.

-Pero… ¿cómo es posible? –preguntó Guillermo desconfiado y curioso al mismo tiempo-. ¿Y la crítica? ¿Y la filología? ¡La filología, Ana!

El ingeniero que dirigía el proyecto empezó a hablarle de algoritmos que se basaban en las frases subrayadas por los dueños del libro electrónico, en las estrellitas con las que expresan su opinión, en las estadísticas de lectura y en una ficha que se rellena al inicializar el sistema y que se actualizaba cada mes. Gracias a eso, el sistema reconoce el original, añade palabras y frases, cambia la sintaxis y el léxico y voilá… Literatura a la carta.

-¡Y esta solo es la versión Beta! Cuando desarrollemos todo el programa, cada tableta podrá cambiar incluso elementos de la estructura narrativa, los nombres de los personajes o el final. ¡Es algo increíble! ¿No es algo increíble?

Sí, increíble, pensó Guillermo. En un ataque de rabia contenida, cogió de nuevo sus cosas y salió del edificio sin decir ni una sola palabra. Ana le persiguió hasta el portal intentando pararle, preguntándole qué le pasaba, diciéndole que tenía que alegrarse, que su trabajo seguía siendo importante y que de ahora en adelante sus ventas aumentarían exponencialmente. Por fin tenían un Mefistófeles electrónico al alcance de la mano.

Guillermo caminaba a paso acelerado hacia la boca del metro. Cuanto más pensaba en lo que había presenciado, más se le llenaba la cabeza de nubes oscuras. Se sentía defraudado, sustituido, ignorado. Sentía que sus esfuerzos creativos ya no servían para nada, que cualquiera podía sentarse y escribir un buen libro. A lo mejor, con un par de juntaletras en plantilla bastaría para que una editorial se las apañara estupendamente.

Cuando entró en el tren, no había asientos disponibles. Le tocaba aguantar de pie hasta llegar al extrarradio, en medio de una masa de futuros lectores con sus gustos satisfechos gracias a novelas alteradas automáticamente.

Siguió pensando en lo que había visto y en las palabras de los técnicos y de Ana. Por debajo de la indignación, empezaba a aflorar algo más complejo y profundo, un sentimiento dictado sobre todo por un instinto de supervivencia al verse amenazado por un ordenador. Volvió a pensar en su relatito. Era un texto bastante anodino, plano y sin importancia, aunque con cierto potencial de desarrollo si lo trabajaba. Sí, claro, lo había escrito bajo presión, en la sala de un gran grupo editorial, rodeado de personas que le miraban impacientes. Sin embargo tuvo que reconocer que muchos de los relatos que escribía le salían así, con algo que fallaba.

Luego pensó en los dos relatos modificados por el programa. Ahí le dio una punzada en el pecho. Le parecían francamente buenos. Cada uno con unos matices reconocibles y diferentes, cada uno con un carácter quizás algo burdo, pero claro. Y las reacciones de los dos lectores eran inequívocas: cada uno a su manera, según sus gustos y según lo que tenían delante, cada uno de ellos había apreciado mucho ese microrrelato modificado por la máquina, escrito de nuevo por el programa.

Mejorado sin piedad, sin reticencias, sin vacilaciones. Eso le dolía, y mucho.

El tren llegó a su parada. Guillermo bajó y se fue derecho a casa. Sin quitarse la ropa, cogió una cerveza de la nevera y se sentó en su estudio, mirando a la pantalla vacía de su ordenador tal y como lo había dejado horas antes.

En la página blanca del editor de textos aparecían dos frases. Las leyó y enseguida las borró.

Siguió bebiendo su cerveza dándole vueltas a lo que había presenciado esa tarde. La perspectiva de ganar mucho dinero con sus nuevos libros no era suficiente. Esa rara sensación depresiva que se iba apoderando de él no parecía fácil de superar.

Tras pasar un rato sin hacer nada, una señal acústica le avisó de que había recibido un correo electrónico: era Ana que le agradecía mucho su ayuda y le informaba que dentro de un año iban a comercializar el primer modelo del nuevo artilugio. Así que ya podía ponerse manos a la obra y escribir algo nuevo. Contaba con él.

Guillermo, todavía molesto, apagó todos los aparatos que tenía a su alrededor. Dejó la lata de cerveza sin acabar en el suelo. La pantalla le miraba desde lo alto de su escritorio, dominando la habitación.

©Valerio Cruciani

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