Cómo pelar una cebolla (relato)


cebollaSe trata sobre todo y antes que nada de extraer el bulbo de la tierra cuando la planta lo pida. Se notarán las hojas lanceoladas y verdes bastante flojas, tumbadas en el suelo, casi sin consistencia y de un verdor algo apagado. Esa es la muerte buena: conforme se va extinguiendo la llama de la vida sobre la tierra, otra vida más poderosa está a punto de salir desde las profundidades.

La cebolla madura y grande apenas se asoma, enseñando su cabecita lista para el parto. Hay que cogerla sin dudar, sacudir con respeto los granos de tierra y el polvo fino y entregarla a la luz del sol. Ese sol del que ha bebido a lo largo de semanas sin verle nunca la cara. Un bulbo de fuego que alimenta a otro bulbo de agua escondido en la tierra.

Para la cebolla, el sol es Dios: no puede describirlo ni imaginarlo, pero siente que existe. Vive con la cabeza hundida en la oscuridad, alimentada por una mano bondadosa y desconocida desde el primer momento, un Dios-Sol al que no puede mirar y que está ahí. Es el bulbo de una planta futura, viene al mundo mientras la madre, poco a poco, se marchita, esas hojas que son sus dedos extendidos hacia el cielo para decir estoy aquí.

Con nuestras manos firmes llevamos la cebolla a la cocina. La operación para pelarla es aparentemente de lo más sencillo. Miramos la cebolla por arriba y por abajo, ensayamos su firmeza, buscamos su punto débil. Raras veces lo tiene. Entonces tenemos que coger un cuchillo bien afilado, cortar la punta de la que salen los hilitos blanquecinos de las raíces, y también la base en la que se cierran todas las hojas. Luego practicamos una sutil incisión en un costado, bajamos despacio el filo del cuchillo y veremos cómo las primerísimas membranas secas se van cayendo una tras otra. No entres en pánico si se pegan a tus dedos: puedes separarlas con un simple chorro de agua.

Ahora viene lo más difícil: prepárate para llorar. Mientras vas practicando la incisión en un lateral de la cebolla, ves como aparecen las primeras capas, una debajo de otra, anunciadas por una primera rociada de líquido urticante. Quitas la primera capa, la más verdosa y dura, y la tiras a la basura porque sabes que no es buena para cocinar.

Conforme ahondas en las profundidades de la cebolla, en su cogollo, en sus infinitas capas de verdades que ocultan los misterios de la tierra oscura -¿cómo puede salir algo tan blanco y luminoso desde el subsuelo?-, tus ojos van reaccionando más y más al ácido sulfúrico librado por cada corte que provocas en ella. En realidad, el ácido se produce en la superficie blanca de tus ojos cuando el líquido salado que los protege entra en contacto con un gas de azufre natural, desprendido por la cebolla. Es pura química. La cebolla ataca, cada herida que le produces, cada incisión, cada corte es una provocación, una guerra de la mano contra el bulbo, y del bulbo vegetal contra el bulbo ocular.

Atacas a una hija de la tierra, ahondas en sus misterios, separas, divides, machacas, haces en trocitos finos, y la cebolla responde con chorros cada vez más intensos de azufre y gases nocivos. Imagina una caja de cebollas, mil cajas de cebollas, imagina un cohete lleno de cebollas lanzado encima de unas casas, y miles de cuchillos que, llegado el momento de la detonación, empiezan a cortar las capas de las cebollas todos a la vez. El mundo entero, cegado, se arrodillaría llorando.

Pero… ¿y si no fuera un mecanismo de defensa? ¿Y si la cebolla lo que quiere es provocar tu compasión? ¿Hacer que percibas su estado de ánimo? Un bulbo vegetal que comunica con tu bulbo ocular.

Sigues buscando las vetas en las que deslizar el cuchillo y el dedo para separar otra capa despacio, poco a poco, sin romper la continuidad circular de ese abrigo. Esa segunda capa es tu abrigo, te secas los ojos y ves como algo exterior, algo superficial se va para siempre. Te estás quedando casi desnudo.

El aceite espera en la sartén con el ajo y la guindilla. Solo falta la cebolla. La miras y piensas en ese gesto cotidiano con el que la reduces en trocitos. Acercas el cuchillo y sin más demora, lo hundes en sus carnes crujientes.

Otro gran chorro de azufre llega gota a gota a tus pupilas, como sangre blanquecina y transparente, como un suero que recoge en sí toda la negrura mineral de la tierra, todas las virtudes del agua y el vigor amarillo del sol.

Abres por la mitad y descuartizas la cebolla. Tus ojos ahora son puras cascadas de lágrimas, alternas cortes y llanto, te pasas el dorso de la mano en la cara una y otra vez empeorando el resultado.

La tercera capa es todo lo que todavía no le has dicho a tu madre, esa mujer que se está rápidamente desluciendo con la que no te hablas desde hace unos meses. Sabes que solo te quedará un gran silencio al que ya no podrás pedirle perdón.

En la cuarta capa una canción vuelve a tu mente, quizás para distraer tus ojos, una vieja canción que escuchabas a los 18 años y cuyo estribillo cantabas a grito pelado una y otra vez con tus amigos por las calles del barrio. Conforme rompes y cortas con tu cuchillo, una lágrima en la encimera puede devolverte unas estrofas.

La cebolla se va reduciendo rápidamente entre tus manos, la mitad ya está en la sartén y delante de ti solo queda la otra mitad, con sus pocas capas aún intactas. Blancas, cada vez más blancas y agarradas unas a otras, pegadas como si tuvieran miedo a separarse. Lloras y sientes lo que siente la cebolla: te agarras a los asideros que encuentras en tu camino, en esas bocas que besas por la calle sin hacer preguntas, en esas risas que echas delante de una cerveza, efímeras como la espuma, entregas tu confianza a los que pronto te traicionarán, mientras todas tus antiguas capas superiores ya se han ido, ya se han perdido en los años y en el espacio.

Solo queda media cebolla. Tus ojos ya no lloran. La cuarta y la quinta capa te hablan de un gato que tuviste y al que le dabas de comer cada día al volver del colegio. Te hablan de un viejo amigo al que no llamas desde hace siglos y de otro al que todavía no has perdonado.

La sexta capa es una palabra llegada a destiempo, que provoca terremotos irracionales en tus fibras. Las últimas capas, las más pequeñas y elípticas, son las más internas. De esas no le hablarás a nadie. Son un misterio incluso para ti.

Cuando toda la cebolla, reducida en trocitos, está en la sartén, pones la vitro a potencia dos. Coges un pañuelo con el que secas tus ojos, mientras ella se convierte en dulzura. Te lavas las manos porque sabes que el agua es la medicina más sencilla para que tus bulbos oculares sobrevivan.

Cada día te confiesas más a ti mismo que no te molesta acompañar a la cebolla con tu llanto. Es la oración del verdugo y del sacrificado. Sientes comunión con un fruto de la tierra y del sol. Mientras fuera, en la huerta, otras hojas verdes están a punto de ajarse para anunciar un nuevo nacimiento.

La vida se esconde en sus mismas capas, una vida debajo de otra.

©Valerio Cruciani

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