El haiku prohibido (relato sobre zombies y poetas)


 

Zombie_Hanging_OutSalman, el perito de seguros, volvía a contar por quinta vez los pasos que separaban el cadáver del área del accidente.

–Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Esta vez siete –dijo en voz alta y con un tono bastante alterado.

A su alrededor se agitaban fotógrafos y flashes, periodistas y grabadoras, el mozo del torito elevador en el que se había empotrado el pobre diablo, unos cuantos curiosos tapándole los ojos a los niños, el director del recinto ferial y el organizador de la mismísima Feria del Libro.

El grupo de gente se removía como un banco huidizo y glutinoso de miles de sardinas. Salman no podía concentrarse con esa confusión a su alrededor. Además, llevaba toda la mañana pensando en unos versos que, quién sabe cómo, se le habían pegado al cráneo y no conseguía separarse de ellos (Vuelan los pájaros… cinco sílabas. Parpadean las glicinias… no, ocho sílabas).

El acre olor de la muerte lo devolvió a su tarea. Se trataba del cuerpo inquieto de un poeta que acababa de presentar su último trabajo literario, Cenizas. Llevaba muerto por lo menos cinco años, aunque allí en el suelo llevaba solo unos minutos, y no había forma de que dejara de moverse.

–No me encuentro muy cómodo, señor perito –le decía con esa voz que le salía de los pulmones negros, pasaba por las vibrantes cuerdas vocales para finalmente convertirse en un molesto sonido burbujeante por el lado reventado de su tabique nasal.

Se arrastraba como podía contra el suelo, dejando un trocito de carne verdoso al lado de un zapato de un periodista. Trató de darse la vuelta pero se dejó las piernas en el asfalto, separadas del tronco. Un ojo ya se le había perdido hace años y el otro se había convertido en una papilla azulada muy poco útil para ver hacia dónde reptaba o, incluso, para darse cuenta de lo que escribía.

–Quédate quieto un instante, ¿quieres? –le espetó el perito Salman–. Tengo a gente muerta de verdad que espera, ¿sabes? Vamos a ver, de una maldita vez, ¿dónde te arrolló el torito? (Vuelan los pajaritos… No, tampoco).

El poeta, que se llamaba Ignacio De La Fuente ya antes de morir, hizo un esfuerzo sobrehumano para levantar el hueso que sobresalía de su antebrazo derecho e indicar ese punto en el que su mano se había quedado pegada en el suelo, en medio de un pequeño charco de sangre oscura y hebras de carne putrefacta.

Salman llamó con un dedo al conductor del torito. Era un don nadie, un chico de unos veintitantos años en su segundo día de trabajo.

–No ha sido culpa mía –dijo enseguida el chaval con la voz que le temblaba–, yo solo movía esas cajas y él se me puso en medio.

–No me cuentes tu vida, chico –mascó Salman entre escupitajos de tabaco mentolado que le ayudaba a aguantar el olor a poeta podrido. Las cajas a las que se refería el mozo estaban llenas de copias no vendidas de Cenizas.

–No le escuches, Salman –dijo el troceado Ignacio–, es un mentiroso, quería tirar mis libros a la basura. Por eso me puse en medio: para pararlo.

Salman miró al poeta y notó cómo un trocito de cerebro se le caía dejando salir un ciempiés. Asqueado, se dio la vuelta, cogió por el chaleco al jovencito y lo arrastró hasta el almacén. Efectivamente, a escasos metros de la máquina no había otra cosa que el hueco de la basura. Salman se asomó y vio como la prensa aplastaba a decenas y decenas de libros de poesía y literatura. (Su nombre se olvidó… Volaban los pájaros entre rosas… No, tampoco es así, ¡leñe!).

Un periodista se coló, vio la chapuza y al cabo de un rato, en cuanto se corrió la voz, todos los poetas muertos –bueno, vivos ya no quedaban desde hacía mucho, así que poeta muerto es técnicamente un pleonasmo, una redundancia– que había en la Feria empezaron a arrastrarse y a cojear hacia la zona del delito: los que se agarraban las vísceras con las que habían escrito tantos versos de amor, los que se arreglaban las vendas para contener esos cerebros grisáceos y amoratados de tanto pensar, los que llevaban heridas purulentas en sus muñecas de aspirantes suicidas, los que ya no tenían carne alrededor de los pómulos sino manchas amarillentas y verminosas de tanto llorar, los que perdían las últimas fibras descompuestas de sus glúteos de tanto estar sentados y otros a los que se le había caído la lengua tumefacta de tanto hablar.

El perito Salman se vio rodeado de todos los compañeros del pobre De La Fuente, que por cierto seguía tumbado en el suelo mientras uno de los curiosos le acercaba ceremonioso un cigarrillo encendido. Ahora los muertos querían la verdad, y querían justicia. De una vez por todas.

–¡Basta ya de tratarnos como excrementos! –dijo el poeta Fulgencio Remigio–. Esto es un escándalo, Salman.

Los poetas lo conocían muy bien y confiaban en él, ya que era el único que se dedicaba a estos casos. Se vociferaba incluso que le picaba la curiosidad por la poesía. Que iba por ahí pensando en cómo componer un haiku a escondidas. Intentaron disuadirlo en muchas ocasiones sin éxito.

–Estamos otra vez con lo mismo: cada dos por tres nos tiran los libros a la basura, pero… –la poetisa Amanda Rosas tuvo que callarse porque se le abrió el tórax y se le cayó al suelo el corazón.

Le tomó el relevo otro poeta, el temido Fernando De Lima, del que había quedado solo la cabeza que uno de sus discípulos muertos llevaba en una bandeja de plata.

–Salman, usted es el único en el que confiamos. O se pone punto final a este escándalo, o nos veremos obligados a actuar por nuestra cuenta. Usted tiene cierta sensibilidad, lo reconozco, sé que aprecia mis versos y esto es claramente índice de buen gusto –así diciendo tosió escupiendo una araña muerta envuelta en flema y sangre–. Disculpe… Ejem, ejem… Pues nada, Salman, queremos justicia. Y no se hable más.

El perito no tuvo elección: llamó a un policía que enseguida se llevó preso al mozo carretillero esposado. (El cielo azul, lleno de pájaros flotando… Mi nombre susurrando… ¡Mierda!). Pero solo se trataba de una puesta en escena: al cabo de unos días, cuando todo habría vuelto a la normalidad y se habría acabado la Feria del Libro, el chico recuperaría su puesto y esos libros se transformarían en marca páginas, cuadernos y cajas de cartón.

Ese día, los poetas se dieron por satisfechos y volvieron a sus tumbas –bueno, sótanos, trasteros, estudios… Caso cerrado.

El perito de seguros Salman se quedó en casa un tiempo, a solas, para descansar. Ya no tenía edad para esas cosas, necesitaba cambiar de trabajo o jubilarse.

A la mañana siguiente se levantó temprano. El accidente de la Feria y esos versos no le dejaban en paz.

En un arrebato de insensatez cogió su libreta y un bolígrafo.

Sabía que no tenía que hacerlo, que no podía hacerlo. Sin embargo escribió un poema.

 

Vuelan los pájaros

caen sombras a cántaros

mi nombre olvido.

Salman acabó por fin su poema. Lo tenía claro, no hizo falta corregir ni una tilde. Lo leyó varias veces satisfecho.

Era una cosita de nada, algo mediocre incluso. Pero era un haiku. 5/7/5. Y con rima, ¡por si fuera poco! Por unos instantes, la paz se diluyó en sus venas como un bálsamo benéfico.

Cerró la libreta. Volvió a poner el bolígrafo en su sitio.

Fue en ese momento. Miró su mano.

Una herida fresca e infecta estaba abriéndose camino en su metacarpo. Empezó a tener frío aunque fuera brillara una espléndida primavera. Por un momento el terror se apoderó de su mente: sabía muy bien lo que le estaba pasando. Ningún médico podía ayudarle.

Intentó calmarse. Se sentó y, tras mucho pensar, empezó a escribir otro poema.

©Valerio Cruciani

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