El laberinto (relato)


Foto de Valerio Cruciani.

Foto de Valerio Cruciani.

Este relatoEl laberinto, es otro rescatado de una colección de hace unos cuantos años, Fetiches. Creo que es de 2006, estaba en italiano y lo he traducido al español. Entró a formar parte del espectáculo No me pidas que regrese, dirigido por Mario Pagano, y lo leyó Zoe Berriatúa en Madrid. Como con la mayoría de mis personajes e historias, trabajaba alrededor de la frustración, la enajenación y las neurosis.

ENTRADA IN MEDIAS RES.

Giordano. Él es Giordano sin amor. El amor es liso, una pared de azulejos. Giordano es su agenda. Negra, con una página para cada día, con una goma negra. Una Moleskine de moda o apenas pasada de moda. Giordano entra en el sueño y sale del sueño, el cuerpo es automático. Él sabe cuándo cargarse y cada esfuerzo es un desgarro. Giordano sale del sueño, el sol hace guiños entre las maderas de la persiana, la radio lo despierta y es automática como su cuerpo, sabe cuándo apagarse, sabe cuándo encenderse y la única fuerza es un enchufe desconectado. El enchufe se hunde en la pared, se agarra con sus tres dientes al muro, chupa de él toda su linfa, ávido enchufe que copula sin parar con su pared, con el alto voltaje sobre los tejados, el ávido enchufe que bebe toda la cascada hidroeléctrica, los protones y los neutrones del uranio. El radio despertador es un despertador de uranio. Los ojos de Giordano se abren con la orden del uranio y de la cascada, y la primera cosa que ven son los rayos del sol. No es el horario de los obreros ni de los dependientes de los grandes almacenes. Es el horario de los programas de televisión ya comenzados, el horario de quien hace la compra pensando solo en esa comida. Babumbambú, babumbambú, la música de Giordano de uranio. La jornada no tiene inicio, no tiene fin. La jornada es una continuidad de cables eléctricos conectados en una inmensa orgía. La drogodependencia de un cable de cobre. El papel del caramelo está todavía allí en el suelo, me he olvidado. El Cuerpo-Giordano se levanta de la cama, y es ya un compromiso. De la chica de ayer ya ni siquiera se acuerda.

CUATRO VUELTAS.

En el metro las caras son todas diferentes. Hace falta simular que no ocurre nada para no darse cuenta. Si no, explotarían todos en una gran carcajada. Al lado, dos chicas. Sus caras no tienen sentido. Son caras de fábrica, ropas de fábrica, alientos de fábrica. Hablan y no dicen nada. Son compañeras de trabajo. La oficina las mata al cabo de pocos meses, están siempre las mismas personas y, aunque haya muchos despidos, los reemplazos son iguales a los que han dejado el puesto. El cerebro se les queda pegado a la pared, a la mesa del despacho, a la máquina de café. Pantalones rosa, camisas verdosas, tendrán unos treinta años y mi abuelo sobre su lápida tiene mejor aspecto. Espera, tengo que bajar en Manzoni. Estamos ya en Vittorio Emanuele. No pasa nada, doy un paseo. Dejo con placer a estas dos mierdecillas en sus sitios. No existís. Ninguna de vosotros existe. Pobrecillas. Tengo que apuntarme esto. ¡Qué gran noche ayer, en el centro, con esa especie de vagabundo que me pidió un cigarrillo! Gente con ganas de hablar. ¿Sabes cómo me llamo? Me llamo DOE: Desecho Orgánico que Estorba. Sonreía con su acento milanés. Dijo que en los tres años que llevaba en Roma había visto ya cuatro cadáveres flotando en el Tíber. Los cadáveres en el río miran cabeza abajo a los peces y las ratas. Creo que impresiona ver cómo seremos dentro de algunos años. Él ya no lograba dormir.

SEIS VUELTAS.

Soy un cínico. Este mundo me ha hinchado las pelotas. De todos modos, se necesita estilo aunque se te hayan hinchado las pelotas. Este mundo ha dejado de interesarme. Así, así va mejor. Me irrita, me ata el cerebro con el estómago y, a menudo, los confundo. No sé qué usar primero. Un bar. Todavía tardaré algo hasta… Agenda, goma, página. Hasta vía Merulana. Nº 75. Un bar es lo que necesito. Una cerveza pequeña, por favor. Si te pago no debo decirte “por favor”. Pero aún no es mediodía, no me apetece discutir. Camarero pordiosero. Tienes el pelo como el de Totti, pero más sucio. Será uno de ésos que, por la tarde, para divertirse se va al gimnasio o a la discoteca. Seguro que fuma chocolate. Cerveza mediocre, no me esperaba otra cosa. Dos euros, no está mal. Agenda, goma, página. ¿Qué día es hoy? Ah, sí: vía Merulana. Espero que esta vez tengan mi montura nueva, estas gafas ya no las soporto. A la derecha y, después, la primera a la derecha. Móvil. ¿Diga? Sí, esta noche está bien. Ciao. Casi lo olvido, la cita. Y quizás era mejor olvidarla. Ya ves qué emoción, una ligada en un autobús. Al menos la otra leía a Pasolini… De todos modos, nunca se sabe.

OCHO VUELTAS.

Aquí están mis gafas. Me quedan genial. Agenda, goma, página. Un folleto… Maldita sea, tengo que encontrar un Internet café, todavía tengo que escribir un e-mail. Si no, es capaz de escapárseme también este trabajo. Los compromisos no se dejan nunca a medias. Una sala de juegos. La última vez que estuve en una tendría unos dieciséis años. Con Cristian jugábamos siempre al Street Fighter. Me daban un montón de guantazos. Él jugaba también en su casa. Tenía una consola. Era solo entrenamiento. Qué idiota. Ah, tengo que acabar ese guión. Un productor lo encuentro rápido, la historia es perfecta. Un cigarrillo… Coño, casi se me han terminado. Un estanco, ¿dónde habrá un estanco? Probemos en plaza Vittorio. Mañana quiero cambiar la emisora del radio despertador. Quiero probar con Radio Rock. A las diez debería darme una buena descarga. ¿Cuántas vitaminas me habré tomado? Me parece que ya habrán pasado veinte días. Agenda, goma, página. No tengo el número de casa de… ¿Cómo se llama? Ah, un estanco. Un paquete de MS rojo. Gracias. ¿Pero por qué doy siempre las gracias a todos? Ellos hacen su trabajo, cogen mi dinero, ¡ni que me hicieran un favor! Tengo que quitarme este vicio. Agenda, goma, página. Quitarse el vicio de dar las gracias a los de las tiendas.

DIEZ VUELTAS.

Seguramente en el centro hay un Internet café. Espero el autobús. Aquel viejo se parece al de Torre Argentina. ¿Qué decía? Cuidado, atentos a los bolsos que alargan las manos. Creía ser un empleado del Atac. Aquel cretino incluso ha picado, se ha puesto a pedirle información sobre los horarios. ¿Es usted un empleado de la parada? ¿Hace cuánto que no pasa el 87? Resulta que uno es ya un jubilado desquiciado y, encima, parece que la gente te anima. Por fin llega. Despediría a todos estos conductores. Agenda, goma, página. El año que viene me compro una agenda más grande. Ésta se llena enseguida. Vaya, tenía una cita con ésa del Ayuntamiento. Llamo y le digo si se puede cambiar. ¿Dónde me bajo? Me va bien incluso vía del Corso. Camino un poco. Por lo que dicen los periódicos, Roma parece un compendio de carteristas, ladrones, asesinos. A mí me parece que solo está llena de turistas y de capullos. Nunca pasa nada. Los peores son los de los scooters, me los encuentro siempre por los suelos y se creen Valentino Rossi. ¿Cuándo me pagarán aquellos artículos? Necesito el dinero… ¿Y a éste que le pasa? Un infarto. ¡Para, jefe, para el bus, que uno está mal! altruista hipócrita. Seguro que le quita la cartera. ¿Será gratis la llamada al 112? Creo que sí. Quizá baste esperar a un coche de los carabinieri y hacerle señas. ¿Y si después me llaman para que declare? Dejémoslo. Perfecto, se ocupa el de la cartera. ¡Qué gran oportunista! Un sepulturero. Al menos yo lo dejo libre para que la palme con todas sus cosas encima. ¡Dios! ¡Esto es increíble! Lo meten en la ambulancia mientras está pasando un cortejo fúnebre por el otro lado. Diez coches en el duelo. El ciclo vida-muerte: una auténtica cadena de montaje. Agenda, goma, página. Aquí hay material para otro relato. Mientras un hombre muere en el autobús, a pocos metros de distancia pasa un cortejo fúnebre. Podría ser ya su funeral. Sin cuerpo. Basta con un ataúd vacío y tanta gente que llora. El cuerpo se puede echar al fuego. O al Tíber. Perfecto, ¡un nexo fantástico! Ese deficiente de Doe, el vagabundo milanés, empieza a ver un montón de cadáveres en el Tíber. Autobús-muertos-Doe-Tíber. Soy un genio.

OCHO VUELTAS.

Trescientas plazas en el mar. Incluso los anuncios de trabajo necesitan su retórica. Pobres, los trabajadores. Me dan todos pena. Escupiendo sangre por cuatro duros. A romperse el culo por un gilipollas. ¿Pero a la gente le gusta dejarse explotar? Si fuera comunista habría empezado ya un bonito jaleo. Pero aquí están todos muertos de sueño. Por suerte, tengo amigos en Europa. ¡Qué rollo! El autobús todavía no arranca. Bajo y me doy un buen paseo. Cartera. ¿Veinte euros? ¿Solo? Tabaco tengo. Ese bar me parece bueno, me tomo un helado en la terraza. Agenda, goma, página. Llamo a ver qué hace Michela. Seguro que quiere salir conmigo. No vive lejos. Nunca lo había pensado, pero para vivir aquí se tiene que estar podrido de dinero, hasta las orejas. No soporto a los ricachones. Pero Michela está muy buena. Lo siento, pero tengo cosas que hacer. Todo el día sin parar. Podría vivir de las rentas, ¿qué tendrá que hacer a las cuatro de la tarde? La gente no ha entendido nada de la vida. Cartera. Veinte euros, menos los tres del helado. Mañana tengo que pedirle algo a mi padre.

TRECE VUELTAS SIN SALIDA.

¿Ya son las nueve? Maldita… Se me ha pasado la cita con aquélla… Francesca… Laura… Algo así. Lástima. De todas formas, si no me ha llamado, es que no se siente muy ofendida. Sí, habría podido sacarle cien euros con un par de cenas y un “préstamo”. Los negocios son los negocios. Cuando sea famoso, todas me lo agradecerán. “Odio el dominio cancerígeno”. Simpáticos los anarquistas, hacen bien al escribir ciertas cosas en las paredes. Incluso esto es política. Nuestro sistema es cancerígeno. A propósito, mañana tengo que pasarme por el ambulatorio para que me miren el hígado. Pero una cervecita me la puedo tomar, y esta vez no le doy las gracias a nadie. Si al menos hubiera un accidente de circulación, un edificio que se cae, una bomba en una iglesia. ¿Cómo se puede escribir algo sin un estímulo? Si pudiera esparcir muerte, empezaría en este mismo momento y mi nombre sería Dios. Unos versos preciosos, me los apunto enseguida. Agenda, goma, página. Móvil. Hola, he tenido un contratiempo, lo siento. ¿Nos vemos mañana? Adiós, un beso. Pobrecita, me parecía un poco afligida. Mejor, las mujeres deben ser dominadas psicológicamente. A lo mejor cojo el metro para volver a casa. Mañana tengo que comprar plátanos. Después mando un currículum. Esta vez programo la radio a las once, ¿para qué voy a levantarme antes? Mira qué par de muslos… Sois todos unos fracasados… Dios, si pudiera escribir todo lo que pienso. No hay más que hablar: ¡soy un auténtico genio!

©Valerio Cruciani

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