Surrealismo en los talleres de poesía y relato


Foto de Valerio Cruciani

Foto de Valerio Cruciani

En la última clase de poesía hemos trabajado alrededor de una imagen: he distribuido una foto a cada alumno y han improvisado cuatro versos, buscando el sentido poético. Para casa tendrán que seguir trabajando en esos poemas, intentado ver más allá de las imágenes.

En la clase de creación literaria hemos acabado (casi) con la lectura de los relatos eróticos. Hemos observado tres cosas interesantes.

Por un lado, hay que tener cuidado con las metáforas y las comparaciones a la hora de describir actos sexuales -y no solo-, ya que es fácil caer en lo cómico o irse hacia lo naïf sin querer.

Hemos hablado también de las sorpresas finales: para que no resulte algo gratuito y sin “chicha”, hay que preparar la sorpresa, el giro final. No se trata solo de sorprender al lector -ya estamos demasiado acostumbrados a los giros-, sino de iluminar el relato y darle un sentido nuevo, plantear nuevas preguntas y dudas.

Para poner un ejemplo no literario, hemos hablado de la película Sospecha de Alfred Hitchcock. Imperdible.

Finalmente, nos lo hemos pasado muy bien con un relato erótico de una alumna que ha conseguido reunir en dos páginas el sexo y el humor. Nos hemos centrado en la situación divertida más que en los detalles libidinosos, y esa forma de mezclar tonos e intenciones es, para mí, siempre la más recomendable.

Para la semana que viene, daremos un giro -ahora sí- y trabajaremos más allá de estructuras, personajes y cuentos. Empezamos a romper la “rutina” y nos adentramos en lo onírico.

Hay que tomar nota de un sueño -mejor algo inquietante o directamente una pesadilla- y escribir un texto literario (no uso la palabra relato en este caso) que nos sumerja en ese sueño. No se trata de racionalizar, ni de contar el sueño, ni de hablar de un personaje que duerme y se despierta, sino crear la atmósfera irracional en la que vivimos cuando soñamos.

Podemos inspirarnos en William Burroughs (Naked lunch), en las películas de David Linch, en Un chien andalou de Buñuel…

¡Suerte!

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