El pasado como imán


Veo con interés que en todos los talleres de escritura creativa muchísimos alumnos tienden a escribir sobre recuerdos, sobre el pasado que alguien revive, sobre historias ya vividas -a menudo basadas en hechos reales-, ya pasadas, ya cerradas.

Sin duda alguna es el recurso más sencillo a la hora de tener que imaginar algo, tener una idea, desarrollar un relato breve. Hablar del pasado y de la memoria es quizás lo primero que hacemos todos cuando contamos nuestras experiencias, es lo más común que llena nuestras conversaciones.

Pero aquí está el reto: dejar por un momento a un lado el pasado, y centrarse en el desarrollo de una idea, contando lo que le pasa AHORA al personaje, crear un conflicto, una pregunta dramática, y ver al personaje que soluciona un problema, o que se enfrenta a una amenaza, o simplemente que hace algo para cambiar.

Para aclararme, todo esto no tiene nada que ver con el uso de los tiempos verbales. Esto tiene que ver con la forma de concebir un personaje y una situación en la que verlo actuar.

Por ejemplo, con respecto al tema del trabajo en pareja (ver artículo anterior), muchos sacaron de la caja misteriosa un objeto que automáticamente le traía memorias y recuerdos al personaje que descubría ese objeto, y el relato se basa precisamente en contar esas memorias.

Sin embargo, el objetivo que perseguimos es el siguiente: un personaje descubre una caja, la abre y encuentra un objeto. Este objeto va a tener importancia en el momento en que su descubrimiento tiene consecuencias en la vida del personaje, en su vida actual, crea un conflicto y cambia su condición existencial, le obliga a hacer algo, a enfrentarse con una verdad, etc.

Esto vale como ejemplo para que sepamos que el pasado es útil sólo como algo que da profundidad a la historia y al personaje, misterio, miedo, etc., y no como simple recurso estético. Es posible “educar” nuestra fantasía. ¿Cómo? En este caso propongo que evitemos a toda costa inventarnos recuerdos, y obligarnos a ver qué hace el personaje delante de nosotros y cómo supera los obstáculos que le ponemos delante.

El dilema de las ideas


Muchas son las dudas y las preguntas que surgen a la hora de hablar de la IDEA: cómo surge, como reconozco una buena idea, como rechazo una mala idea, como la desarrollo, etc.

Las ideas vienen de todas partes, nuestro cerebro -nuestra parte consciente y subconsciente- trabajan sin descanso día y noche, y si tenemos la predisposición a la búsqueda y captura de las ideas -es decir una mentalidad abierta y curiosa-, estas llegan sin duda.

Si estamos convencidos de querer desarrollar una idea, tenemos que dar el siguiente paso para que no se nos escape: desdibujar su desarrollo. Aquí también, como siempre, no se suelen dar indicaciones académicas irrefutables: cada escritor desarrolla su propio método con el tiempo y la práctica.

Se puede seguir la vía de los MAPAS MENTALES, haciendo un gráfico con los elementos necesarios e importantes de nuestra historia, desde el principio hasta el final; o en cambio podemos saber por donde empieza o cómo acaba, tener una idea de lo que queremos decir (si nos centramos en una historia, una situación, un lugar especial o un personaje), empezar a escribir y dejarnos guiar por la historia misma (a menudo nos sorprenderemos a nosotros mismos de lo que somos capaces de escribir).

Lo que sí tenemos que tener claro son los elementos que constituyen toda historia: planteamiento, nudo y desenlace. Un inicio, un desarrollo y un final.

Todo esto unido por una pregunta dramática, un conflicto al que tenemos que dar respuesta (positiva o negativa que sea). Más concretos somos en nuestro planteamiento y en nuestra pregunta dramática, más fácil será desarrollar el relato y llegar a un final sorprendente y, sobre todo, coherente.

¿Cómo me acerco a la poesía?


Un problema fundamental a la hora de empezar a escribir poesía es saber lo que entendemos por poesía. Sabemos que el ritmo y la musicalidad de los versos son algo fundamental a la hora de escribir y leer poesía. Pero ¿cómo controlo el ritmo? Si escribo en verso libre, y no quiero que mis textos se confundan con la prosa, ¿cómo llego a dar musicalidad a mis versos?

Conocer los recursos prosódicos clásicos es algo muy útil, pero mucho se puede aprender leyendo a los poetas contemporáneos, que han roto con ciertos cánones del pasado sin perder la esencia de la poesía.

Antes de preocuparse por la aplicación de reglas académicas y frías, tenemos que hacer un esfuerzo para llegar a identificar el momento exacto en el que empieza nuestra poesía, ese momento en el que, cada vez que pasa, tenemos que coger un bolígrafo y escribir unos cuantos versos.

Algunos empezarán motivados, excitados, emocionados por una palabra. A partir de esa palabra o frase -es decir, a partir de esa imagen- desarrollarán el resto del poema. Otros empezarán por una idea concreta, un concepto, o algo que observan por la calle o en su casa, o en dónde sea. Pondrán esos elementos que les han “conmocionado” en primer plano, y desarrollarán el resto del poema.

Los primeros probablemente tendrán mejor oído, y podrán llegar antes a una forma musicalmente definida. Los segundos quizás puedan tardar algo más, y tendrán que trabar en un segundo momento el aspecto musical y fonético de su poema.

Pero todos podemos llegar a escribir poesía. La actitud, claro está, es fundamental.